sábado, 31 de diciembre de 2022

Divagación de fin de año

Termina el año, un año más, y por primera vez veo mi pasado con cierta claridad. De aquel muchacho desconfiado, orgulloso y ansioso de amar que no obstante se dedicaba a cerrar las puertas de su corazón, al que ahora escribe, hay un cambio sustancial. El sólo hecho de poder ver mi pasado con la fuerza suficiente para no avergonzarme de mi viso es ya un poder con el que antes no contaba, pero hay que tener cuidado, pues las heridas sin amigos, sin amor, pueden volverse impulso para la voluptuosidad. No sé más de la humildad que esto: No estoy solo, pero debo soportar la embriaguez de mi orgulloso corazón, debo verlo caer y revolcarse cuando le dicen que no, cuando la voluntad del otro aparece. Verme caer y estar agradecido por el gran don de poder permanecer al lado de quien amo, mejor dicho, de poder amar. El despoder aparece porque sé que no estoy solo. La vergüenza no tiene sentido si hay alguien que me ama.  

Cosa curiosa, mientras era más joven que ahora, mientras cerraba con recelo mi corazón, mientras el encuentro con el otro era un asunto lleno de timidez, de vergüenza hacia y por mí, de miedo a fracasar en el intento de tender los lazos hacia el otro. mientras todo esto pasaba en mi confuso corazón, ver la partida o experimentar el desprecio me era insoportable. Buscaba resarcir la herida que sospechaba comenzaba a agrietar el tiempo de mi existencia. Hoy, y es necesario remarcar que esto sucede hoy día, ver cómo se alejan los demás no me genera el dolor ni el miedo de antaño, claro, la tristeza se apodera de mí por unos segundos, pero tras esos dolorosos momentos, las aguas vuelven a la calma. Mi barca sigue avanzando, sabiendo que no son los puentes que construimos los que perdurarán, sino la fuerza que nos ha llevado a estar juntos un día; lo que importa es aquello que se mueve, lo que agita las aguas en las que navegamos por el resto de nuestros días. Solamente de este modo podemos justificar que hay una fuerza en sí misma y al mismo tiempo afirmar que habita el mundo, uniendo y separando a las personas. El amor también separa a los seres humanos con la misma fuerza titánica y la misma dulzura dolorosa con que una vez nos ha unido o pudo habernos unido. 

Tender los puentes es un gozo divino, aceptar la fuerza que nos une es una necesidad del mismo espíritu que se lanza a buscar un punto eterno en estas aguas del tiempo. Las aguas no serían nada sin la terrible fuerza que las agita conduciéndonos a nuestro verdadero hogar. Pero veo con tristeza que se han negado los constructores a seguir la obra, si quiera a comenzarla, se ha negado toda fuerza divina, a cambio se ha colocado todo en manos de un azar ciego y torpe, pero la caridad y el amor siguen apareciendo en las bocas de los gentiles. No es más que cobardía ante el abismo, es éxtasis por rellenar el vació. Creo que hace mucho sospechaba que la gran fuerza se ha vuelto injustificable -no quisiera decirlo, ni lo creeré- pero, ¿Cómo hablar de la esencia del mundo cuando el río de Heráclito es el gran proyecto y mito moderno? ¿Hay algo que justifique la existencia del hombre?, ¿la esencia del amor? ¿Cuál es la forma del amor? Dios es su causa y su fin, el cosmos su materialización, pero la forma en el sentido griego, cuál es. ¿Qué es el amor? De no responde esto, todo lo demás son largos etcéteras. 

Comienza un nuevo año.

Iván

lunes, 5 de diciembre de 2022

Lección tardía de amistad


¿Es la envidia la muestra más patente de la individualidad?, al menos eso parece sugerir el personaje principal del cuento La zarpa, de José Emilio Pacheco. Zenobia vive una lucha constante por sobresalir a pesar de la gran belleza, carisma e inteligencia de su amiga y antagonista, Rosalba. La amistad al borde del recelo y el deseo de ser reconocidos, son la trama en este cuento. Es curioso notar que toda la narración sucede a los pies de un confesionario. Sin embargo, Zenobia no espera que el padre la comprenda, simplemente quiere deshacerse de los humos pestilentes que la han corroído durante décadas. Si no busca la comprensión del joven sacerdote, significa que no espera el perdón de sus pecados. Para ella la envidia es la fuerza vital que destruye a quien la padece, pero que la mantiene a salvo, la ayuda a sobrevivir. Si bien puede parecer que Zenobia padece de lo que ahora denominamos como baja autoestima, es todo lo contrario. Ella tiene el suficiente amor propio como para odiar sin sentir la necesidad de disculparse. El orgullo es un privilegio de reyes, el perdón una institución de carpinteros.

El amor propio de Zenobia no le permite buscar el perdón. ¿Perdón por levantarse contra las injusticias del mundo? Es ella la única que tiene la entereza suficiente para vengarse, en otras más hermosas que Rosalba, de las fuerzas ciegas del universo. Zenobia sabe que es innegable que la genética es culpable de que “todo esté tan mal repartido en el mundo”, pues “Nadie escoge su cara.” El problema no tiene solución, porque no tiene causa. El azar genético no puede ser juzgado por nada. La ira de Zenobia es ciega, por ello mientras trabajó en el Palacio de hierro, le hacía imposible las compras a las mujeres bellas. Zenobia no busca quién la hirió, sino odiar para sentirse viva.

 

II

La situación del humillado, cuando Zenobia explica que “Si alguien nace fea por fuera, la gente se las arregla para que también se vaya haciendo horrible por dentro.”, nos orilla a preguntarnos: ¿Me he sentido humillado, he humillado sin razón alguna? La justicia, grita Zenobia desde el atrio, no es un asunto de derechos bien razonados, sino una forma de exclusión estética. El caso sigue siendo actual, sobre todo en México, la televisión blanquea nuestros estándares de belleza. Zenobia representa al gran número de mexicanos que se sienten pisoteados por el destino, por haber nacido con la marca del indígena más que del español o europeo. ¿Este cuento nos habla de discriminación? No del todo, y sin embargo, la pregunta nos hiere en cada página. Saberse menospreciado es una herida grave. Rosalba no sólo vive herida, es ella misma una herida punzante que daña a quien se acerca… y sin embargo, no busca sanar, al contrario, más hunde el dedo en la llaga. Por ejemplo, Zenobia no olvida las comparaciones, lo cual sabemos porque nos refiere a una nota escrita en un diario escolar hace cincuenta años, donde las malas lenguas decían que Rosalba siempre estaba junto a Zenobia para resaltar más la diferencia. El recuerdo le sirve para atormentarse. Rosalba es culpable de todo. Mejor dicho, su belleza, por la cual, hasta su hermano murió en la desdicha deseándola.

 

III

El cuento termina de la manera más cómica y trágica. Hoy por la mañana Zenobia vio a Rosalba de nuevo, pero bajo el peso de los años, lo cual las ha convertido a las dos en unos costales arrugados, igual de feos. Zenobia ya no tendrá que sufrir el juicio de los demás. Aunque sabe que Rosalba nunca le hizo nada malo, incluso la trataba como a su igual, le hacía halagos.

Zenobia cree que las diferencias han terminado, en realidad nunca existieron. Ésa es la parte cómica, pues luchó contra sombras. Lo trágico es saber que la envidia malogra todo intento de amistad. El rencor, como lo sugiere su etimología, arrancia, pudre los mejores alimentos. Zenobia tendrá que alimentarse con los despojos de lo que pudo haber sido la mejor etapa de su vida. La vejez es lo que sobra, poco se puede recuperar. Zenobia esperó a que Rosalba estuviera igual de herida que ella para poder llamarla hermana, amiga. La zarpa busca igualdad en la humillación, de ahí lo trágico; lo cómico es que se alegre en la decrepitud, sin ver que la flor de la juventud ha pasado de largo por su vida.

Un zarpazo indica la herida ocasionada por la garra de un animal, puede contagiar la rabia. Toda enfermedad nos deja vulnerables. ¿Es el sentimiento de debilidad la verdadera herida de Zenobia?, pero, ¿quién no se ha sentido humillado y débil frente al fuerte, o un harapo en presencia de los más bellos, o un bruto junto al inteligente? ¿Nos defendemos? ¿De qué modo? ¿Hay una salida distinta a la fuerza, al zarpazo, al odio de lo que soy? ¿Qué hay del perdón? En el cuento no tiene cabida, en nuestra vida, ¿es posible?

Iván

sábado, 19 de noviembre de 2022

Zorros y erizos, un caso particular

Me ha sucedido un número preciso de ocasiones lo siguiente: conozco a alguien nuevo, seguramente con una inteligencia deslumbradora o con aptitudes que nunca he visto en mí. Entonces, al saber de sus gustos, aficiones, deseos y hábitos o haberes perdidos, siempre una sensación de incompletitud recorre mi sangre. El entusiasmo se vuelve hiel. La presencia de la amistad o del amor se trastoca en una serpiente que me condena a la culpa intelectual. ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no he leído más que tres de los veintitantos artículos o libros de los que me hablan? ¿La música de quién? ¿Dónde está mi hambre por viajar como Ulises y descubrir hábitos nuevos, o de entablar relaciones afines a la fugacidad brillante y apasionada? Concluyo: Mi vida es pobre. Algunos espíritus están preparados para burlar al destino y vivir más de una vida, o vivir más de una vez. Son como zorros. Ellos saben viajar, yo no sé.  

Sabemos que los zorros se escabullen tanto para cazar como para evitar ser alimento del mundo salvaje y hostil, además son gráciles, elegantes en su andar y decir. Los hombres y mujeres con espíritu andariego recorren todos o muchos de los caminos que llevan a Roma. Lo ven todo y saben bastante. Pero, una imagen memorable, más que profética, llega a mí. En el viejo imperio romano había lugares casi ocultos, como santuarios, a donde llegaban todos los viajeros del mundo conocido. Muchos de ellos eran sabios. Llegaban para depositar sus sapiencias en papiros que dejaban a cargo del sacerdote -hoy diríamos bibliotecario- quien se encaraba de clasificar y tener en orden las noticias del mundo. Ahora recuerdo a esa criatura, el erizo, que no sale al mundo, se concentra de tal manera en él, que todo el orbe esté a su disposición desde un sólo punto. Como soñaba Borges en el Aleph, en el erizo están contenidos todos los puntos del universo.

Es verdad que nadie pude verlo todo, salvo Dios cuando no está distraído. No aspiro a ver la totalidad del ser, sino cuanto mis propias facultades me lo permitan. Aspirar a más sería una obsesión informe. Hay hombres que cuentan con un espíritu hogareño, dispuestos a sufrir las calamidades del alma, pero no del mundo. Contradicción evidente. Hay hombres, mejor dicho, que se aventuran a no salir al mundo para llegar a él. Después son tan mundanos que hasta los encarcelan y matan por su aspecto de locos enajenados o rebeldes. La ciudad estaba entre las primeras preocupaciones de Sócrates, quien nunca abandonó Atenas, salvo contadas ocasiones extraordinarias como las guerras. Al pensar en Sócrates, recordé también a Dostoievski que pasó una década recluido en su celda rumiando Las sagradas escrituras. 

Ahora me pregunto si ya habré visto todo lo que implica la palabra sabiduría, y me asombro de ver lo descuidado que he sido, pues queriendo saber lo de más allá, no he atendido mi propia casa. El anfitrión es pésimo invitado de sí mimo. He fallado como filósofo, pues no puedo recordar la última vez que me asombré de saber que no sabía. La preocupación da paso al encanto de nuevas esperanzas. Ha tiempo no tomo un libro muy querido para mí. Estoy seguro que no he agotado todo cuanto hay en él. Me dispongo a leer y rencontrarme con la voz del otro. No cierro mi ventana, ni la puerta, porque es igual de importante atender a los de allá afuera, pero me concentro, cual erizo, en un punto, y bien pronto los ecos de los grillos se disipan, y escucho, solamente, entre las voces, una, la de aquel fantasma querido. 

Para no viajar inútilmente, es necesario creer en fantasmas. Para no morir, hay que saber recuperar las vidas de los antiguos hombres y mujeres más sabios. Para no sentir culpa, el erizo puede imaginar que es un zorro; así como el zorro puede descansar de sus viajes en el espíritu del erizo.  

  Iván

miércoles, 29 de junio de 2022

Insomnio

Antes de dormir estaba oyendo las noticias del día. Siempre lamento las tragedias, siempre me siento vulnerado, no hay día que no me sienta cercano a las víctimas, a su dolor ¿Por qué han tenido que padecer tal tormento? Algún imbécil decía en la pantalla: 'Que sea un derecho poder adquirir armas para que los mexicanos se protejan, para defender a las mujeres, comerciantes, niños, ancianos, grupos vulnerables.' Es un imbécil, -pensé burlón- la propuesta está a medias. Con la adquisición de armas, debió incluir en la canasta básica la donación de chalecos antibalas y cascos que dará el Estado, de otro modo parece que desea fomentar el espíritu selvático, para que se salve quien pueda. Conducirnos a la total anarquía es muy sencillo: basta renunciar a la libertad y entregarse al terror. 

Bostezo.

Por otro lado, somos la única especie que dialoga con su pasado, para aprender a vivir en el presente, para que nada quede impune, para vivir bien, para recordar el camino hacia lo mejor, aunque sea difícil hablar de los dulces sueños a los terroristas. Negar el diálogo constructor de presentes y democracias, por temor a las detonaciones, nos arroja al inaprensible hoy. El mundo es tenebroso cuando se nos estimula a odiar al otro. 'Mañana será peor, -¿dejé encendida la televisión?- por eso, continúa ese hombrecillo, preparemos los corazones, acostumbrémonos a vivir con el arma bajo la almohada. Si no te duermes, te aseguro que mañana vivirás'. 
-Si no duermo, jamás despertaré.
-No te duermas, alguien podría venir. 
-Apaga la luz. Estaba soñando que mis abuelos venían, mi abuela preparaba té y mi abuelo me abrazaba. 
-¿No viste que ella vertió veneno, o cómo guardaba la navaja de afeitar en su bolsillo el otro? Insisto, no duermas, salva tu porvenir.
  
Ahora, despierto, pienso que las fronteras del país han de cambiarse por grandes arcos de piedra, donde se grave la siguiente leyenda: "Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", o por ésta: "Pesadilla lúcida"

Iván

sábado, 18 de junio de 2022

Aprendiendo a odiar

Desde hace unas cuantas décadas el mundo comenzó a ser como debería de ser. El hombre ya no sueña con Utopías, ni mucho menos con destinos de ultratumba. Las clasificaciones literarias llaman a esto realismo, lo cual significa que hemos dejado de creer que la reconciliación fraterna entre los hombres es posible, pues no hay dios que promueva tal armonía. No debo advertir de pesimismos o cinismos en mi próxima argumentación, porque tanto uno como el otro se sustentan en una cierta insatisfacción del mundo. Por ejemplo, el pesimista cree que la situación no es tan mala como podría llegar a ser. Lo repito, el mundo es como debió ser siempre desde aquella explosión universal. Por fin todo está cayendo por su propio peso. Vamos a revisar un caso real: hace unos pocos días en uno de estos países realistas, el mandatario supremo afirmó con toda parsimonia, que si el índice de homicidios se había reducido, era por la única razón de que un grupo armado, ajeno al orden público, -hombres perversos, para usar el término clásico- estaba dominando gran parte del territorio y no contaba con enemigos naturales, es decir que hay una plaga de hombres lógicos. Me explico. Estos hombres educados por el medio, es decir, por fuerzas ajenas a ellos, como las ideas que se difunden cual gases salidos de las cloacas, han llegado a saber que no contamos más que con estómago, el cual exige de comer, además de otros apetitos igual de naturales, entonces, ante tal realidad, se preguntan ¿Qué debo hacer? Y lo hacen, lo cual se resume en aquel refrán: El pez más grande se come al pequeño. 

Ante las críticas de unos cuantos grillos, así como de algunos hombres despiertos, el presidente los acusó de ser lo que son, unos nefastos traidores no sólo al país en que viven, sino a toda la naturaleza. Esos arcaicos desearían que se combatiera a los criminales, que se les negara el derecho a ser lo que son, unos hombres hechos y derechos, formados en la única idea certera sobre la naturaleza humana: la realización del hombre está en la voluptuosidad, en acrecentar placeres incluso si para ello deben matar. Porque una vez que se pisa un escalón, necesariamente se debe recorrer todo el circuito hasta descender al abismo. Este abismo no es otra cosa sino el resultado de haber elegido ya no elegir. Así es, la libertad es todo lo contrario a lo necesario, la piedra cae por su propio peso porque no tiene elección. Una mente animal que se plantea ideales es capaz de elevarse, pero tan pronto como sueña con tocar el sol, algo en su maquinaria falla, precipitándolo al vacío. Soñar con volar es amar la libertad, pero al mismo tiempo es soportar el sufrimiento de siempre caer. Innecesaria libertad. Segura necesidad. Que la humanidad prefiera la realidad a los ideales, sólo se explica porque la primera es franca, mientras que la segunda es decepcionante. El temor a fallar nos ha acompañado como especie desde siempre, pero esto sólo porque tenemos una mínima idea de lo que es la perfección. De hecho, no se podría pensar el progreso sin esta aspiración: llegar a ser lo que en verdad se es, es muy diferente a ser lo que se es. El amor por la verdad lo cambia todo. 

Sin embargo, el amor por todo lo elevado es siempre peligroso, porque precipita a muchos hombres a una terrible locura, es preferible el suelo firme de la cordura. Por cierto, hace años que no se oye la palabra manicomio, lo cual implica que los políticos han podido erradicar todo rastro de locura. Porque es claro que ellos diseñan todo pensando en la salud de las sociedades. Para ello se basan en esta norma: el hombre es un ser natural, que a veces sueña con paraísos, pero de los que no tenemos ninguna evidencia, luego, el hombre es una fiera que debe ser educada en el miedo y el castigo, aunque sepamos bien que estos sentimientos engendran el rencor. Digamos después que deben temer a ese rencor también, porque es signo de locura, de inconformidad. Digamos: 'si crees que hay algo más, estás loco'. Nos educan en el odio, en la desconfianza al error y lo supremo... No obstante, algunos de estos señores soñaron muchas veces, y amaron tanto los ideales que perseguían, que sufrieron mucho al tener que dejarlos. Ellos aprendieron que el odio revela la verdadera cara de aquello que alguna vez amamos con pasión. Los inconformes son ellos, aunque más preciso sería llamarlos cobardes, pues en lugar de ir con la corriente, comenzaron a establecerse en tierra firme.

Sin embargo, aceptar su educación, nos lleva a falsos dilemas, como éste: hace un par de días se capturó a un vulgar asaltante, no fueron los policías quienes hicieron el trabajo de investigación, sino la propia población. Al capturarlo, lo golpearon, movidos por el miedo y el rencor, son turbas aterradas, que los políticos de la sanidad no tardan en calificar como desquiciados. Pero más importante que esto, el raterillo argüía: 'yo no les hice nada, sólo los asalté'. Hasta donde veo, no hay mayor signo de realismo que estas palabras, pues en ellas podemos leer entre líneas que ese hombre no comprendía a sus vecinos, pues no hizo más que actuar bajo el signo del mundo, él está perfectamente cuerdo, mientras que sus vecinos son unos inconformes, unos idealistas. Señores, pudo decirles en tono más académico, no ven que anhelar justicia los hace infelices. Él tiene la razón, ¿no?, ha aceptado mejor que nadie su vida terrenal. 

¿Hay alternativa a la cordura? No, porque el mundo, lentamente, comienza a ser lo que es. A menos que nos arriesguemos a soñar, a estar inconformes, a odiar aquello que amamos alguna vez, como la comodidad a costa de otros, porque es muy seguro que ni siquiera vimos al otro. Quien sueña con volar, debe reconocer que no controla el viento, pero puede aprender a planear o cerrar las alas cuando sea necesario. Todo es cuestión de medidas: un poquito más de confianza, sin olvidar la duda. Lamentablemente hoy abunda la confianza, hasta hay propaganda para amarse a uno mismo, sin recordar que quien acumula mucho de algo, termina por explotar o secarse. Compartir con el otro es un ejercicio más de libertad, una aventura. El mundo racional y ateo crea individuos temerosos de fracasar, por ello se afanan en controlarlo todo. Un mundo libre presenta varios riesgos, por ejemplo, que las personas (seres libres, irreductibles a cualquier dominio) se encuentren. El riesgo de amar, tanto como de volar, requiere confiar en el otro, así como en uno mismo, sin olvidar una pizca de duda. Amar y volar no serían riesgos reales, sin el peligro de caer al vacío. El amor a solas es la resignación de los que prefirieron guardar sus alas bajo llave.   

Iván 

viernes, 3 de junio de 2022

Trueno

No es ridículo en lo más mínimo, y aunque lo fuera, no importa, porque es bueno...

 Fiódor Dostoyevski


Hace nueve días murió mi madre. No pude llegar al sepelio por asuntos del trabajo. Los vecinos se encargaron de todo. Al llegar creí que sería vista con malos ojos, pero me trataron cordialmente, me dieron el pésame, incluso diría que me apapacharon. Más incómoda que abnegada recibí sus condolencias. Y cómo no iban a venir tantas personas, si mamá ayudó a muchos a bien nacer, fue la partera del pueblo. 

Estoy en su casa. Estaré aquí un tiempo para resolver los asuntos pendientes que dejó. Nada importante. En realidad todo se resume a lo que pasará con sus pertenencias. Debo volver antes del viernes. Dejé a mi gata Cascabel con la ración suficiente para estos días. No quiero estar aquí mucho tiempo. Esto altera mis nervios. Ella lo sabía. Quizá por eso no me habló mucho del cáncer que, a toda prisa, se la fue carcomiendo los últimos dos meses de su vida. Es decir, sí me dijo lo del cáncer, pero guardó silencio al notar que mi voz enmudeció en el teléfono. Me ahorraba incomodidades haciéndose pequeña en sus propias penas. Cobarde como soy, ella me amaba.

Es que nunca sé cómo comportarme ante las dificultades, siempre apelo al aburrimiento, al desinterés o la ironía. Pero le temo a mi corazón. ¿Cómo reaccionar a las lágrimas ajenas? Me irrito con facilidad, cuando lo que quisiera es consolar, consolar y llorar también, pero una especie de vergüenza me acecha. La muerte nos hace irritables, quisiéramos ahuyentarla como a una mosca: ¡Lárgate de aquí!... luego la tristeza y el miedo nos zumban en los oídos, ¡no digas que te morirás!


Ven a verme, me dijo hace un mes. Mi corazón se sintió requerido, una alegría en el dolor, porque anticipé la despedida, ¡oh despedida tan patética y necesaria!, ¿por qué lo más absurdo es tan necesario?... ¡Y esta maldita vergüenza de que me tomen por una chiquilla asustada! ¡Quiero verte!, insistió. Jamás vine. Eres mi niña, qué de malo hay en eso, fue lo último que me dijo al oído.


Hoy fui al notario. Al caminar de regreso a su casa, el aire vuelve a mis pulmones. La sombra de los árboles lo cubre todo, el polvo se levanta llevando consigo pétalos y hierbas secas. La calle López Velarde es, quizá, la más alfombrada por jacarandas, pirules, nopales, órganos y esos cactus altos que la señora Candelaria, la vecina de mi mamá usa como barda. Ella también es alegre como mamá, pero severa, para ella no hay hora que no se cumpla, ni plazo que no se alcance. Si alguien viene a buscarla a las dos o tres de la madrugada, gustosa ofrece sus servicios. Le reza a los recién difuntos, o si es que no pueden morir, también les reza para bien morir. Ella sembró cuarenta cereus bien alineados como barda y tan apretados que apenas si pueden filtrarse las lagartijas, los caracoles, algunos gatos, los rayos del sol o la voz de los que pasan por la calle. Los cereus, su presencia guardiana me resulta atractiva por ser la única barda de toda la calle. Por más que insistí, mamá nunca quiso levantar una. 


Al salir, encerré a Trueno, el pitbull de mamá. Un perro mediano, pelo café, de ojos amarillos y sumisos, las orejas gachas, pero alerta siempre para ladrar a intrusos, aunque cada vez al confrontarlos les mueve el rabo. Sólo ella podía vivir con los pelos de punta esperando que no atacara a nadie. Pero es que ella era valiente. En la sala, después de sortear las miradas compasivas e interrogantes de Trueno, están los sillones completamente mordisqueados. A pesar de eso, todo es limpio y confortable. La sala está dispuesta para sentarse y charlar obligatoriamente, pues mamá nunca compró televisión. El triunfo del silencio que siempre busqué, me humilla aquí sola. Hay una grabadora ocupando un lugar mínimo sobre la mesa de centro, su sonido es fiel si se sintoniza la 1030 de a.m. Decía mamá que Armando Manzanero, Agustín Lara, Javier Solís y Pedro Infante le cantan a uno directo al corazón. No me animo a encenderla. Trueno suplica para que lo deje salir al patio, para que juegue con él como lo hacía ella, pero no, temo que muerda a alguien, incluso a mí. Al fin se echa a un lado de mis pies, se tumba aburrido, sabe que no confío en él y me perdona en silencio. 


La luz del sol se filtra por las jacarandas y atraviesa las cortinas esmeraldas de la sala. Miro una fotografía. Yo tengo trece años, ella treinta y ocho. Las dos estamos de pie junto a la granada que sembramos ese día. Te pareces a mí, dijo esa vez, sólo que tú eres más delgadita, y con esos ojos grises parece que no me miras a mí, sino sólo al aire, pero eres bonita, con tu piel trigueña y tu boca pequeñita, las orejas y las manos de papá, terminó sentenciosa, pero riendo. A esa edad su boca era sensual, sonrisa amplia, diario se ponía labial rojo, lo cual abultaba un poco el labio inferior. Su mirada magnética, de ojos pequeños café oscuro, parecían una roca, una piedra preciosa por su luz. ¿De dónde salía esa luz? Tenía la piel morena, era alta, esbelta, usa un vestido lila entallado sobre la cintura, el cabello negro le acariciaba el pecho, a su lado parezco su fantasma.

 

La tarde está muriendo, el atardecer vuelve naranja todas las paredes y cada imagen de mi memoria. Al fin enciendo la radio justo cuando dice la canción: llegan hasta el cuarto mío/ las quejas del arrabal… arráncame la vida con el último beso de amor. Derrotada por no sé que fuerza, comienzo a reír y llorar, todo en estertores que salen de mi vientre. La noche se escurre por mis dedos hasta quedar tendida sobre el piso. Trueno resopla antes de dormir.


**************

Aquí el sol se levanta temprano, antes de las seis ya te está besando la piel. Mientras me visto miro por el espejo mis piernas largas, firmes, de piel tersa y bronceada, las junto para sentir el frío de la piel de cada una de ellas, aprieto mis brazos sobre mi pecho como en una plegaria. Sonrío, pero no sé de qué, quizá de haber recuperado esta imagen completa de mí, ya que en la casa donde vivo actualmente sólo hay un espejo pequeño en el baño. La vanidad te va bien, insistió muchas veces mamá. 

Al bajar las escaleras, Trueno me ladra contento, ¡qué difícil tener que dejarlo!, es el último recuerdo vivo de mamá. Dicen que los perros adoptan algunas manías de sus amos, y debe ser cierto, porque él me sonríe como ella, con dulzura, como perdonándome todo, incluso que lo abandone. En una ocasión, Trueno se peleó con otro perro, al poco rato mamá y el dueño reían por su torpe actuar. ¿Por qué seré su hija si no puedo reír así? Después de empacar los muebles que se han de vender, después de tapiar las ventanas por donde se filtra esa luz, saldré con Trueno, lo llevaré a caminar un poco. Mamá dejó dicho que doña Cande le hiciera el favor de adoptarlo, con nadie más estaría tranquilo y feliz, pero ahora pienso que ese muro vegetal lo pondrá triste. Quisiera llevármelo. Si fuera más valiente yo... Pero es exponerme al ridículo. Lo difícil de ser juiciosa es que esperan de una respuestas bien formuladas, ningún exabrupto. ¡Cuánto pesa el conocimiento de lo que se debe ser! Para mamá yo era la sensata, la juiciosa, así me presumía ante sus amigas, sobre todo con doña Candelaria. Aún me pregunto qué clase de descripción es ésa para cualquier persona que pasa por la juventud. Eso no me gustaba, pero era mi trinchera y no estaba dispuesta a abandonarla. Era mi torre donde tenía autoridad para opinar y ser escuchada con respeto, -sospecho que más bien con recelo.


Sigo empacando, encuentro bajo la almohada de su cama la última foto de nosotras antes de que yo me fuera, estamos frente a la granada, es diciembre. Hace seis años cuando me fui, mamá no se opuso, no habría tenido derecho. Decidí irme a la ciudad para conocer otro mundo, para ser diferente allá, pero no importa donde se vaya, siempre se carga con la herencia, con las ideas que se han convertido en hábito. No pude librarme de mí misma por más que quise. Enrique, aquel compañero de trabajo en el laboratorio farmacéutico se acercaba a mí con tal delicadeza, que no podía resistirme a él, hasta que peleamos. Por mucho que lo quise no soporté el enojo, el miedo, el deseo de gritarle y salir huyendo, mi corazón ladraba como Trueno ante un desconocido. Cambié de trabajo al otro lado de la ciudad. Conseguí un nuevo departamento más pequeño. Adopté a Cascabel en un refugio. Tenía cuatro meses de nacida, como yo en la ciudad. Rápido se adaptó a mí, es silenciosa, no me busca más que lo necesario, se mueve con espontaneidad y gracia por todas partes, salvo cuando invito a alguna persona, entonces se queda bajo la alacena esperando que no la acaricien o llamen. Después se recuesta en mi vientre, ronronea hasta que las dos nos quedamos dormidas. 


Dejé encendida la radio mientras guardaba todo. Trueno sigue ladrando y aullando para recuperar su libertad, tras sus quejidos escucho a Javier Solís: Ver cómo se burlan/ Si hablas del amor/ Del amor/ He sabido que te amaba/ Pero es tarde/ Para que me vuelva atrás/ Quise ser indiferente un instante/ Pero sé que no podré dejar de amarte. Trueno vuelve a ladrar. Sabe que no volveremos a vernos, e incluso si pasa, ya no será el recuerdo de mamá, del que pude apropiarme, sino la mascota de alguien más. Tomo la correa, pero ni él ni yo sabemos usarla. ¡Vamos! digo temblorosa, apenas ve el patio corre frenético, olisquea la granada que ha crecido mucho, se tumba a su sombra, me muestra la panza para que lo acaricie.


Entiende, le suplico sollozando, Cascabel me espera dormida bajo la ventana. 

  

Iván

 


miércoles, 4 de mayo de 2022

Obsesión

Es la nuestra una sociedad obsesa. Creemos ver más allá, pero de antemano sabemos todo. El asombro no domina ningún aspecto de nuestra vida. El científico, ya se dedique a la Física, ya al análisis de las sociedades presentes o pasadas, sabe lo que encontrará: caos, fuerzas opresoras, reacciones. La vida es un constante estar en contra, ser adverso. La libertad no existe, hay pequeñas trincheras de resistencia como la familia, los amigos, el gusto por algún deporte o por el mundo académico. Pero la familia es el peor enemigo, los amigos terminan por traicionarnos o darnos la espalda, los oficios desgastan nuestras energías sin nunca entregarse por completo; el conocimiento es una amante injusta, siempre escapa. Quien vaya prevenido de esto, no sufrirá menos, pero sabrá que así deben ser las cosas. La justicia es un ideal, sólo hay depredadores y presas. Además, tras la muerte sólo queda el pasto de nuestras tumbas. Eso debería tranquilizar, pero más bien le resta fuerza al deseo de vivir. El obsesionado, una vez que advierte su muerte, se vuelve abúlico o derrama todo su talento en encontrar la cura a la muerte. Toma cuantas pastillas ordene el doctor. Por cierto, desde la visión del obseso o lujurioso -para el caso es lo mismo- la cultura, las grandes creaciones, no son más que un intento por escapar de la muerte. Shakespeare temió tanto a la tumba, dirá un obsesionado con la vida, que grabó su nombre por todo el firmamento. ¡Y es el mismo hombre que espera la novedad del mercado! Lo sabe todo y espera la novedad. No espera nada. Vivimos en una jaula sin esperanza. Los que tienen dinero lo pasan mejor. Pero no dejan de ser unos apocados que sólo gastan en más dinero, orgias o electrodomésticos sofisticados. No vemos más allá. 

¿Cómo acortamos nuestra vista? Por miedo y conveniencia entramos a la jaula. El celador también está aquí; las llaves en el bolsillo derecho, y cada preso cuenta con las propias. Vendimos todo lo irracional como la inmortalidad del alma, a cambio de tener un espacio para nosotros, donde Dios no quisiera meterse, porque creímos que su furiosa dignidad no se lo permitiría, pero está ahí, en el banquillo consolándonos. Aún así lo ignoramos, nos ofendemos porque está a aquí con nosotros, en esta cárcel de muros abyectos. ¿No podías dejarnos? ¿Decides sufrir por amor? Debes ser un masoquista. Pronto lo ignoramos y preguntamos al guardia del lugar: ¿Cómo consigo a esa mujer? Convéncela de que es igual a ti, que tarde o temprano caerá ante sus instintos, y que tú posees el mejor modo para estimularla. Si ya es igual a ti, dile que no crees en la conciencia o el compromiso, que te gusta su anatomía, tanto como el ambiente que la empujó hasta ti. ¡Qué delicia ser arrastrados por la misma fuerza!... El guardia dijo a aquel otro, yo también busco que estés seguro, pero mira a tu hermano, abogando por la libertad, sólo inquieta a los demás, incita al desorden, toma esta piedra, tú sabrás lo que haces. Más allá se escuchó: ¿No es irracional el amor de Dios?, promete mucho y a la vez cumple tan poco. Perdonar los pecados ¿en qué ayuda? La vida no es un don, sino una maldición. Domina a la Vida y todos te seguirán, mira a la tierra no como una madre, sino como una boca hambrienta. ¿Debo mancillar a la naturaleza?, alcanzó a pronunciar el hombre, no, respondió el otro. Espíala, que te revele los secretos que guarda para que te vuelvas señor de todo. Por último, cierra los ojos, o si es necesario que los abras, enfócate en las amenazas que debes erradicar y en los placeres que te mereces conseguir. 

Pero al cerrar los ojos, el hombre no pudo callar las voces del recuerdo. Algo le susurraba que antes hubo filosofía, no obsesión por el conocimiento, que el arte era creación pura, no vanidad. Que los hombres eran hermanos y no enemigos; por último, que maniató a su propia alma y con ello se sometió a sí mismo. Comprendió que nada que prometa libertad puede obsesionarnos. Que es tan libre para amar, como para vivir en paz; que está ataviado de mentiras y desea vestir humilde como el Hombre del banquillo.

Iván

Divagación de fin de año

Termina el año, un año más, y por primera vez veo mi pasado con cierta claridad. De aquel muchacho desconfiado, orgulloso y ansioso de amar ...

y siguen dando