Me ha sucedido un número preciso de ocasiones lo siguiente: conozco a alguien nuevo, seguramente con una inteligencia deslumbradora o con aptitudes que nunca he visto en mí. Entonces, al saber de sus gustos, aficiones, deseos y hábitos o haberes perdidos, siempre una sensación de incompletitud recorre mi sangre. El entusiasmo se vuelve hiel. La presencia de la amistad o del amor se trastoca en una serpiente que me condena a la culpa intelectual. ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no he leído más que tres de los veintitantos artículos o libros de los que me hablan? ¿La música de quién? ¿Dónde está mi hambre por viajar como Ulises y descubrir hábitos nuevos, o de entablar relaciones afines a la fugacidad brillante y apasionada? Concluyo: Mi vida es pobre. Algunos espíritus están preparados para burlar al destino y vivir más de una vida, o vivir más de una vez. Son como zorros. Ellos saben viajar, yo no sé.
Sabemos que los zorros se escabullen tanto para cazar como para evitar ser alimento del mundo salvaje y hostil, además son gráciles, elegantes en su andar y decir. Los hombres y mujeres con espíritu andariego recorren todos o muchos de los caminos que llevan a Roma. Lo ven todo y saben bastante. Pero, una imagen memorable, más que profética, llega a mí. En el viejo imperio romano había lugares casi ocultos, como santuarios, a donde llegaban todos los viajeros del mundo conocido. Muchos de ellos eran sabios. Llegaban para depositar sus sapiencias en papiros que dejaban a cargo del sacerdote -hoy diríamos bibliotecario- quien se encaraba de clasificar y tener en orden las noticias del mundo. Ahora recuerdo a esa criatura, el erizo, que no sale al mundo, se concentra de tal manera en él, que todo el orbe esté a su disposición desde un sólo punto. Como soñaba Borges en el Aleph, en el erizo están contenidos todos los puntos del universo.
Es verdad que nadie pude verlo todo, salvo Dios cuando no está distraído. No aspiro a ver la totalidad del ser, sino cuanto mis propias facultades me lo permitan. Aspirar a más sería una obsesión informe. Hay hombres que cuentan con un espíritu hogareño, dispuestos a sufrir las calamidades del alma, pero no del mundo. Contradicción evidente. Hay hombres, mejor dicho, que se aventuran a no salir al mundo para llegar a él. Después son tan mundanos que hasta los encarcelan y matan por su aspecto de locos enajenados o rebeldes. La ciudad estaba entre las primeras preocupaciones de Sócrates, quien nunca abandonó Atenas, salvo contadas ocasiones extraordinarias como las guerras. Al pensar en Sócrates, recordé también a Dostoievski que pasó una década recluido en su celda rumiando Las sagradas escrituras.
Ahora me pregunto si ya habré visto todo lo que implica la palabra sabiduría, y me asombro de ver lo descuidado que he sido, pues queriendo saber lo de más allá, no he atendido mi propia casa. El anfitrión es pésimo invitado de sí mimo. He fallado como filósofo, pues no puedo recordar la última vez que me asombré de saber que no sabía. La preocupación da paso al encanto de nuevas esperanzas. Ha tiempo no tomo un libro muy querido para mí. Estoy seguro que no he agotado todo cuanto hay en él. Me dispongo a leer y rencontrarme con la voz del otro. No cierro mi ventana, ni la puerta, porque es igual de importante atender a los de allá afuera, pero me concentro, cual erizo, en un punto, y bien pronto los ecos de los grillos se disipan, y escucho, solamente, entre las voces, una, la de aquel fantasma querido.
Para no viajar inútilmente, es necesario creer en fantasmas. Para no morir, hay que saber recuperar las vidas de los antiguos hombres y mujeres más sabios. Para no sentir culpa, el erizo puede imaginar que es un zorro; así como el zorro puede descansar de sus viajes en el espíritu del erizo.
Iván
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