El nombre puede ser engañoso, tomo prestados los fenómenos de luz y sonido como analogías de la potencia vidente y facultad discursiva que poseemos. Entendemos algo y después lo expresamos. La luz proviene del fuego, es voluntad que desea, el sonido está en la música, la voz, una risa, el llanto, la palabra. Entendimiento y voluntad. Saber y deseo. Sentir y saber, como se sabe que se ama.
miércoles, 29 de junio de 2022
Insomnio
sábado, 18 de junio de 2022
Aprendiendo a odiar
Desde hace unas cuantas décadas el mundo comenzó a ser como debería de ser. El hombre ya no sueña con Utopías, ni mucho menos con destinos de ultratumba. Las clasificaciones literarias llaman a esto realismo, lo cual significa que hemos dejado de creer que la reconciliación fraterna entre los hombres es posible, pues no hay dios que promueva tal armonía. No debo advertir de pesimismos o cinismos en mi próxima argumentación, porque tanto uno como el otro se sustentan en una cierta insatisfacción del mundo. Por ejemplo, el pesimista cree que la situación no es tan mala como podría llegar a ser. Lo repito, el mundo es como debió ser siempre desde aquella explosión universal. Por fin todo está cayendo por su propio peso. Vamos a revisar un caso real: hace unos pocos días en uno de estos países realistas, el mandatario supremo afirmó con toda parsimonia, que si el índice de homicidios se había reducido, era por la única razón de que un grupo armado, ajeno al orden público, -hombres perversos, para usar el término clásico- estaba dominando gran parte del territorio y no contaba con enemigos naturales, es decir que hay una plaga de hombres lógicos. Me explico. Estos hombres educados por el medio, es decir, por fuerzas ajenas a ellos, como las ideas que se difunden cual gases salidos de las cloacas, han llegado a saber que no contamos más que con estómago, el cual exige de comer, además de otros apetitos igual de naturales, entonces, ante tal realidad, se preguntan ¿Qué debo hacer? Y lo hacen, lo cual se resume en aquel refrán: El pez más grande se come al pequeño.
Ante las críticas de unos cuantos grillos, así como de algunos hombres despiertos, el presidente los acusó de ser lo que son, unos nefastos traidores no sólo al país en que viven, sino a toda la naturaleza. Esos arcaicos desearían que se combatiera a los criminales, que se les negara el derecho a ser lo que son, unos hombres hechos y derechos, formados en la única idea certera sobre la naturaleza humana: la realización del hombre está en la voluptuosidad, en acrecentar placeres incluso si para ello deben matar. Porque una vez que se pisa un escalón, necesariamente se debe recorrer todo el circuito hasta descender al abismo. Este abismo no es otra cosa sino el resultado de haber elegido ya no elegir. Así es, la libertad es todo lo contrario a lo necesario, la piedra cae por su propio peso porque no tiene elección. Una mente animal que se plantea ideales es capaz de elevarse, pero tan pronto como sueña con tocar el sol, algo en su maquinaria falla, precipitándolo al vacío. Soñar con volar es amar la libertad, pero al mismo tiempo es soportar el sufrimiento de siempre caer. Innecesaria libertad. Segura necesidad. Que la humanidad prefiera la realidad a los ideales, sólo se explica porque la primera es franca, mientras que la segunda es decepcionante. El temor a fallar nos ha acompañado como especie desde siempre, pero esto sólo porque tenemos una mínima idea de lo que es la perfección. De hecho, no se podría pensar el progreso sin esta aspiración: llegar a ser lo que en verdad se es, es muy diferente a ser lo que se es. El amor por la verdad lo cambia todo.
Sin embargo, el amor por todo lo elevado es siempre peligroso, porque precipita a muchos hombres a una terrible locura, es preferible el suelo firme de la cordura. Por cierto, hace años que no se oye la palabra manicomio, lo cual implica que los políticos han podido erradicar todo rastro de locura. Porque es claro que ellos diseñan todo pensando en la salud de las sociedades. Para ello se basan en esta norma: el hombre es un ser natural, que a veces sueña con paraísos, pero de los que no tenemos ninguna evidencia, luego, el hombre es una fiera que debe ser educada en el miedo y el castigo, aunque sepamos bien que estos sentimientos engendran el rencor. Digamos después que deben temer a ese rencor también, porque es signo de locura, de inconformidad. Digamos: 'si crees que hay algo más, estás loco'. Nos educan en el odio, en la desconfianza al error y lo supremo... No obstante, algunos de estos señores soñaron muchas veces, y amaron tanto los ideales que perseguían, que sufrieron mucho al tener que dejarlos. Ellos aprendieron que el odio revela la verdadera cara de aquello que alguna vez amamos con pasión. Los inconformes son ellos, aunque más preciso sería llamarlos cobardes, pues en lugar de ir con la corriente, comenzaron a establecerse en tierra firme.
Sin embargo, aceptar su educación, nos lleva a falsos dilemas, como éste: hace un par de días se capturó a un vulgar asaltante, no fueron los policías quienes hicieron el trabajo de investigación, sino la propia población. Al capturarlo, lo golpearon, movidos por el miedo y el rencor, son turbas aterradas, que los políticos de la sanidad no tardan en calificar como desquiciados. Pero más importante que esto, el raterillo argüía: 'yo no les hice nada, sólo los asalté'. Hasta donde veo, no hay mayor signo de realismo que estas palabras, pues en ellas podemos leer entre líneas que ese hombre no comprendía a sus vecinos, pues no hizo más que actuar bajo el signo del mundo, él está perfectamente cuerdo, mientras que sus vecinos son unos inconformes, unos idealistas. Señores, pudo decirles en tono más académico, no ven que anhelar justicia los hace infelices. Él tiene la razón, ¿no?, ha aceptado mejor que nadie su vida terrenal.
¿Hay alternativa a la cordura? No, porque el mundo, lentamente, comienza a ser lo que es. A menos que nos arriesguemos a soñar, a estar inconformes, a odiar aquello que amamos alguna vez, como la comodidad a costa de otros, porque es muy seguro que ni siquiera vimos al otro. Quien sueña con volar, debe reconocer que no controla el viento, pero puede aprender a planear o cerrar las alas cuando sea necesario. Todo es cuestión de medidas: un poquito más de confianza, sin olvidar la duda. Lamentablemente hoy abunda la confianza, hasta hay propaganda para amarse a uno mismo, sin recordar que quien acumula mucho de algo, termina por explotar o secarse. Compartir con el otro es un ejercicio más de libertad, una aventura. El mundo racional y ateo crea individuos temerosos de fracasar, por ello se afanan en controlarlo todo. Un mundo libre presenta varios riesgos, por ejemplo, que las personas (seres libres, irreductibles a cualquier dominio) se encuentren. El riesgo de amar, tanto como de volar, requiere confiar en el otro, así como en uno mismo, sin olvidar una pizca de duda. Amar y volar no serían riesgos reales, sin el peligro de caer al vacío. El amor a solas es la resignación de los que prefirieron guardar sus alas bajo llave.
Iván
viernes, 3 de junio de 2022
Trueno
No es ridículo en lo más mínimo, y aunque lo fuera, no importa, porque es bueno...
Fiódor Dostoyevski
Hace nueve días murió mi madre. No pude llegar al sepelio por asuntos del trabajo. Los vecinos se encargaron de todo. Al llegar creí que sería vista con malos ojos, pero me trataron cordialmente, me dieron el pésame, incluso diría que me apapacharon. Más incómoda que abnegada recibí sus condolencias. Y cómo no iban a venir tantas personas, si mamá ayudó a muchos a bien nacer, fue la partera del pueblo.
Estoy en su casa. Estaré aquí un tiempo para resolver los asuntos pendientes que dejó. Nada importante. En realidad todo se resume a lo que pasará con sus pertenencias. Debo volver antes del viernes. Dejé a mi gata Cascabel con la ración suficiente para estos días. No quiero estar aquí mucho tiempo. Esto altera mis nervios. Ella lo sabía. Quizá por eso no me habló mucho del cáncer que, a toda prisa, se la fue carcomiendo los últimos dos meses de su vida. Es decir, sí me dijo lo del cáncer, pero guardó silencio al notar que mi voz enmudeció en el teléfono. Me ahorraba incomodidades haciéndose pequeña en sus propias penas. Cobarde como soy, ella me amaba.
Es que nunca sé cómo comportarme ante las dificultades, siempre apelo al aburrimiento, al desinterés o la ironía. Pero le temo a mi corazón. ¿Cómo reaccionar a las lágrimas ajenas? Me irrito con facilidad, cuando lo que quisiera es consolar, consolar y llorar también, pero una especie de vergüenza me acecha. La muerte nos hace irritables, quisiéramos ahuyentarla como a una mosca: ¡Lárgate de aquí!... luego la tristeza y el miedo nos zumban en los oídos, ¡no digas que te morirás!
Ven a verme, me dijo hace un mes. Mi corazón se sintió requerido, una alegría en el dolor, porque anticipé la despedida, ¡oh despedida tan patética y necesaria!, ¿por qué lo más absurdo es tan necesario?... ¡Y esta maldita vergüenza de que me tomen por una chiquilla asustada! ¡Quiero verte!, insistió. Jamás vine. Eres mi niña, qué de malo hay en eso, fue lo último que me dijo al oído.
Hoy fui al notario. Al caminar de regreso a su casa, el aire vuelve a mis pulmones. La sombra de los árboles lo cubre todo, el polvo se levanta llevando consigo pétalos y hierbas secas. La calle López Velarde es, quizá, la más alfombrada por jacarandas, pirules, nopales, órganos y esos cactus altos que la señora Candelaria, la vecina de mi mamá usa como barda. Ella también es alegre como mamá, pero severa, para ella no hay hora que no se cumpla, ni plazo que no se alcance. Si alguien viene a buscarla a las dos o tres de la madrugada, gustosa ofrece sus servicios. Le reza a los recién difuntos, o si es que no pueden morir, también les reza para bien morir. Ella sembró cuarenta cereus bien alineados como barda y tan apretados que apenas si pueden filtrarse las lagartijas, los caracoles, algunos gatos, los rayos del sol o la voz de los que pasan por la calle. Los cereus, su presencia guardiana me resulta atractiva por ser la única barda de toda la calle. Por más que insistí, mamá nunca quiso levantar una.
Al salir, encerré a Trueno, el pitbull de mamá. Un perro mediano, pelo café, de ojos amarillos y sumisos, las orejas gachas, pero alerta siempre para ladrar a intrusos, aunque cada vez al confrontarlos les mueve el rabo. Sólo ella podía vivir con los pelos de punta esperando que no atacara a nadie. Pero es que ella era valiente. En la sala, después de sortear las miradas compasivas e interrogantes de Trueno, están los sillones completamente mordisqueados. A pesar de eso, todo es limpio y confortable. La sala está dispuesta para sentarse y charlar obligatoriamente, pues mamá nunca compró televisión. El triunfo del silencio que siempre busqué, me humilla aquí sola. Hay una grabadora ocupando un lugar mínimo sobre la mesa de centro, su sonido es fiel si se sintoniza la 1030 de a.m. Decía mamá que Armando Manzanero, Agustín Lara, Javier Solís y Pedro Infante le cantan a uno directo al corazón. No me animo a encenderla. Trueno suplica para que lo deje salir al patio, para que juegue con él como lo hacía ella, pero no, temo que muerda a alguien, incluso a mí. Al fin se echa a un lado de mis pies, se tumba aburrido, sabe que no confío en él y me perdona en silencio.
La luz del sol se filtra por las jacarandas y atraviesa las cortinas esmeraldas de la sala. Miro una fotografía. Yo tengo trece años, ella treinta y ocho. Las dos estamos de pie junto a la granada que sembramos ese día. Te pareces a mí, dijo esa vez, sólo que tú eres más delgadita, y con esos ojos grises parece que no me miras a mí, sino sólo al aire, pero eres bonita, con tu piel trigueña y tu boca pequeñita, las orejas y las manos de papá, terminó sentenciosa, pero riendo. A esa edad su boca era sensual, sonrisa amplia, diario se ponía labial rojo, lo cual abultaba un poco el labio inferior. Su mirada magnética, de ojos pequeños café oscuro, parecían una roca, una piedra preciosa por su luz. ¿De dónde salía esa luz? Tenía la piel morena, era alta, esbelta, usa un vestido lila entallado sobre la cintura, el cabello negro le acariciaba el pecho, a su lado parezco su fantasma.
La tarde está muriendo, el atardecer vuelve naranja todas las paredes y cada imagen de mi memoria. Al fin enciendo la radio justo cuando dice la canción: llegan hasta el cuarto mío/ las quejas del arrabal… arráncame la vida con el último beso de amor. Derrotada por no sé que fuerza, comienzo a reír y llorar, todo en estertores que salen de mi vientre. La noche se escurre por mis dedos hasta quedar tendida sobre el piso. Trueno resopla antes de dormir.
**************
Aquí el sol se levanta temprano, antes de las seis ya te está besando la piel. Mientras me visto miro por el espejo mis piernas largas, firmes, de piel tersa y bronceada, las junto para sentir el frío de la piel de cada una de ellas, aprieto mis brazos sobre mi pecho como en una plegaria. Sonrío, pero no sé de qué, quizá de haber recuperado esta imagen completa de mí, ya que en la casa donde vivo actualmente sólo hay un espejo pequeño en el baño. La vanidad te va bien, insistió muchas veces mamá.
Al bajar las escaleras, Trueno me ladra contento, ¡qué difícil tener que dejarlo!, es el último recuerdo vivo de mamá. Dicen que los perros adoptan algunas manías de sus amos, y debe ser cierto, porque él me sonríe como ella, con dulzura, como perdonándome todo, incluso que lo abandone. En una ocasión, Trueno se peleó con otro perro, al poco rato mamá y el dueño reían por su torpe actuar. ¿Por qué seré su hija si no puedo reír así? Después de empacar los muebles que se han de vender, después de tapiar las ventanas por donde se filtra esa luz, saldré con Trueno, lo llevaré a caminar un poco. Mamá dejó dicho que doña Cande le hiciera el favor de adoptarlo, con nadie más estaría tranquilo y feliz, pero ahora pienso que ese muro vegetal lo pondrá triste. Quisiera llevármelo. Si fuera más valiente yo... Pero es exponerme al ridículo. Lo difícil de ser juiciosa es que esperan de una respuestas bien formuladas, ningún exabrupto. ¡Cuánto pesa el conocimiento de lo que se debe ser! Para mamá yo era la sensata, la juiciosa, así me presumía ante sus amigas, sobre todo con doña Candelaria. Aún me pregunto qué clase de descripción es ésa para cualquier persona que pasa por la juventud. Eso no me gustaba, pero era mi trinchera y no estaba dispuesta a abandonarla. Era mi torre donde tenía autoridad para opinar y ser escuchada con respeto, -sospecho que más bien con recelo.
Sigo empacando, encuentro bajo la almohada de su cama la última foto de nosotras antes de que yo me fuera, estamos frente a la granada, es diciembre. Hace seis años cuando me fui, mamá no se opuso, no habría tenido derecho. Decidí irme a la ciudad para conocer otro mundo, para ser diferente allá, pero no importa donde se vaya, siempre se carga con la herencia, con las ideas que se han convertido en hábito. No pude librarme de mí misma por más que quise. Enrique, aquel compañero de trabajo en el laboratorio farmacéutico se acercaba a mí con tal delicadeza, que no podía resistirme a él, hasta que peleamos. Por mucho que lo quise no soporté el enojo, el miedo, el deseo de gritarle y salir huyendo, mi corazón ladraba como Trueno ante un desconocido. Cambié de trabajo al otro lado de la ciudad. Conseguí un nuevo departamento más pequeño. Adopté a Cascabel en un refugio. Tenía cuatro meses de nacida, como yo en la ciudad. Rápido se adaptó a mí, es silenciosa, no me busca más que lo necesario, se mueve con espontaneidad y gracia por todas partes, salvo cuando invito a alguna persona, entonces se queda bajo la alacena esperando que no la acaricien o llamen. Después se recuesta en mi vientre, ronronea hasta que las dos nos quedamos dormidas.
Dejé encendida la radio mientras guardaba todo. Trueno sigue ladrando y aullando para recuperar su libertad, tras sus quejidos escucho a Javier Solís: Ver cómo se burlan/ Si hablas del amor/ Del amor/ He sabido que te amaba/ Pero es tarde/ Para que me vuelva atrás/ Quise ser indiferente un instante/ Pero sé que no podré dejar de amarte. Trueno vuelve a ladrar. Sabe que no volveremos a vernos, e incluso si pasa, ya no será el recuerdo de mamá, del que pude apropiarme, sino la mascota de alguien más. Tomo la correa, pero ni él ni yo sabemos usarla. ¡Vamos! digo temblorosa, apenas ve el patio corre frenético, olisquea la granada que ha crecido mucho, se tumba a su sombra, me muestra la panza para que lo acaricie.
Entiende, le suplico sollozando, Cascabel me espera dormida bajo la ventana.
Divagación de fin de año
Termina el año, un año más, y por primera vez veo mi pasado con cierta claridad. De aquel muchacho desconfiado, orgulloso y ansioso de amar ...
y siguen dando
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¿Habrá quien escriba cartas? El servicio postal sigue vivo, y cada cierto tiempo lo veo venir a entregar publicidad bancaria, el recibo de l...
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Sentaos , por tanto, en amistad sincera, y sin reparo disponed de cuanto pudiere dar alivio a vuestra angustia. Shakespeare, Como Gustéis, E...
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