Es la nuestra una sociedad obsesa. Creemos ver más allá, pero de antemano sabemos todo. El asombro no domina ningún aspecto de nuestra vida. El científico, ya se dedique a la Física, ya al análisis de las sociedades presentes o pasadas, sabe lo que encontrará: caos, fuerzas opresoras, reacciones. La vida es un constante estar en contra, ser adverso. La libertad no existe, hay pequeñas trincheras de resistencia como la familia, los amigos, el gusto por algún deporte o por el mundo académico. Pero la familia es el peor enemigo, los amigos terminan por traicionarnos o darnos la espalda, los oficios desgastan nuestras energías sin nunca entregarse por completo; el conocimiento es una amante injusta, siempre escapa. Quien vaya prevenido de esto, no sufrirá menos, pero sabrá que así deben ser las cosas. La justicia es un ideal, sólo hay depredadores y presas. Además, tras la muerte sólo queda el pasto de nuestras tumbas. Eso debería tranquilizar, pero más bien le resta fuerza al deseo de vivir. El obsesionado, una vez que advierte su muerte, se vuelve abúlico o derrama todo su talento en encontrar la cura a la muerte. Toma cuantas pastillas ordene el doctor. Por cierto, desde la visión del obseso o lujurioso -para el caso es lo mismo- la cultura, las grandes creaciones, no son más que un intento por escapar de la muerte. Shakespeare temió tanto a la tumba, dirá un obsesionado con la vida, que grabó su nombre por todo el firmamento. ¡Y es el mismo hombre que espera la novedad del mercado! Lo sabe todo y espera la novedad. No espera nada. Vivimos en una jaula sin esperanza. Los que tienen dinero lo pasan mejor. Pero no dejan de ser unos apocados que sólo gastan en más dinero, orgias o electrodomésticos sofisticados. No vemos más allá.
¿Cómo acortamos nuestra vista? Por miedo y conveniencia entramos a la jaula. El celador también está aquí; las llaves en el bolsillo derecho, y cada preso cuenta con las propias. Vendimos todo lo irracional como la inmortalidad del alma, a cambio de tener un espacio para nosotros, donde Dios no quisiera meterse, porque creímos que su furiosa dignidad no se lo permitiría, pero está ahí, en el banquillo consolándonos. Aún así lo ignoramos, nos ofendemos porque está a aquí con nosotros, en esta cárcel de muros abyectos. ¿No podías dejarnos? ¿Decides sufrir por amor? Debes ser un masoquista. Pronto lo ignoramos y preguntamos al guardia del lugar: ¿Cómo consigo a esa mujer? Convéncela de que es igual a ti, que tarde o temprano caerá ante sus instintos, y que tú posees el mejor modo para estimularla. Si ya es igual a ti, dile que no crees en la conciencia o el compromiso, que te gusta su anatomía, tanto como el ambiente que la empujó hasta ti. ¡Qué delicia ser arrastrados por la misma fuerza!... El guardia dijo a aquel otro, yo también busco que estés seguro, pero mira a tu hermano, abogando por la libertad, sólo inquieta a los demás, incita al desorden, toma esta piedra, tú sabrás lo que haces. Más allá se escuchó: ¿No es irracional el amor de Dios?, promete mucho y a la vez cumple tan poco. Perdonar los pecados ¿en qué ayuda? La vida no es un don, sino una maldición. Domina a la Vida y todos te seguirán, mira a la tierra no como una madre, sino como una boca hambrienta. ¿Debo mancillar a la naturaleza?, alcanzó a pronunciar el hombre, no, respondió el otro. Espíala, que te revele los secretos que guarda para que te vuelvas señor de todo. Por último, cierra los ojos, o si es necesario que los abras, enfócate en las amenazas que debes erradicar y en los placeres que te mereces conseguir.
Pero al cerrar los ojos, el hombre no pudo callar las voces del recuerdo. Algo le susurraba que antes hubo filosofía, no obsesión por el conocimiento, que el arte era creación pura, no vanidad. Que los hombres eran hermanos y no enemigos; por último, que maniató a su propia alma y con ello se sometió a sí mismo. Comprendió que nada que prometa libertad puede obsesionarnos. Que es tan libre para amar, como para vivir en paz; que está ataviado de mentiras y desea vestir humilde como el Hombre del banquillo.
Iván