¿Habrá quien escriba cartas? El servicio postal sigue vivo, y cada cierto tiempo lo veo venir a entregar publicidad bancaria, el recibo de la luz, una revista. Pero ya no entrega cartas. Éstas han desaparecido del bolso del cartero. Es obvio, me dirán, que escribir cartas ya no sea nada atractivo para comunicarnos. Todo avanza, el progreso en telecomunicaciones es más eficiente cada día. No hay que esperar días, semanas, meses para recibir la respuesta. El miedo a que se perdiera la misiva también está descartado. La inmediatez ha perfeccionado el circuito comunicativo. Que te dejen en visto es una falla del sistema humano, jamás del WhatsApp.
Es verdad, los instrumentos y medios de comunicación están muy desarrollados hoy día. Enviar cartas es un viejo ritual que incluía el hábito de la buena caligrafía, ortografía y además salir a comprar un sello, conocer la dirección del destinatario o tenerla anotada en la agenda, esperar por la respuesta. En ocasiones, retratadas sólo por novelas como Emma, las cartas eran el único modo de entretenerse e informarse de los sucesos más inmediatos, aquellos que les ocurrían a nuestros vecinos, parientes, amigos en la capital u otro lugar lejano. Fueron tal un medio de difusión de ideas que incluso a Dostoyevski lo metieron a la cárcel por andar leyendo en público una carta nada halagadora para el zar Nicolás I. Las cartas, antes de la comunicación masiva, fueron un pegamento social. De carácter íntimo, se volvían asunto público. Los biógrafos, esos sabuesos de la vida ajena, se apoyan del carteo que sostuvo su personaje con otros hombres de su siglo para delinear mejor los contornos íntimos de un Nietzsche, por ejemplo. Con intenciones parecidas se publican libros como La amistad entre el dolor, correspondencia de José Vasconcelos y Alfonso Reyes. Donde podemos tomarle el pulso a las cercanías y distanciamientos de estos hombres. En el futuro se revisarán los teléfonos celulares. ¿Qué dirá esto? Quizá que hemos tomado la paja por el grano.
Los correos electrónicos son un punto medio, podrían pasar, incluso, las buenas conciencias defensoras de la rapidez. Pero regresando al carteo electrónico, es uno de los pocos espacios donde aún se pueden escribir más de 120 caracteres, sin que el otro se sienta intimidado. En esto, la reducción de nuestra vista juega un papel importante. Corra a doblar una hoja de papel por la mitad, por la mitad de eso, una última vez. Mírela, tan pequeña, breve, ¿qué emoji o mensaje colocaría ahí?, ahora desdoble la hoja a su tamaño original. ¡Qué flojera escribir y leer tanto! ¿Cierto? Roger Chartier ha hablado de esto en otras ocasiones, me refiero a la pérdida de unidad -hablando de libros. La pantalla, si bien ofrece un soporte más cómodo para guardar agenda, reloj, librería y buzón, tiene el efecto de modificar nuestro encuentro estético con estos objetos. En el caso de las palabras, en los pdf y mensajes, o no tienen fin y se extienden hasta quién sabe qué pagina, porque no tenemos el contacto con la portada y contraportada, o son brevísimos. Uno de los elementos necesarios para captar el ánimo de una conversación es la unidad. Nuestro presente fragmentario nos hace distraídos con la palabra, con el otro que nos requiere.
Las cartas, ¿no hacen lo mismo? Algunas son muy breves. Cuando llevamos platicando algún tiempo con E por whatsapp, comenzamos a advertir ciertos hábitos de conducta, fluctuaciones que se escapan de la fría pantalla y vemos que está molesta, sonriente u ocupada. Pero esto sólo porque tenemos, también, una mínima idea de cómo son las personas, qué les puede molestar, hacer reír, interesar, etc. Se comparten valores y ahora, una cultura global cada vez más universal. Con las cartas pasa algo similar, pero además se podía colocar "esto me tiene preocupado o me ha alegrado mucho esto otro", debido a que no había esa inmediatez, se procuraba ser puntuales, pues quizá no podría comunicarse esto durante mucho tiempo. Las cartas nos revelan interés por el otro, por las palabras, deseo de darnos como símbolo de amistad, amor o compañerismo. Nuestro ser va comprometido en la unidad y alteridad que vemos formarse cada vez que nuestras palabras se entrecruzan.
Como don, obsequio, presente, la palabra escapa al toma y daca mercantil. Nunca debe ser artículo de neurosis por saber qué responderle hoy a... si es el caso que hoy no quiero hablar con nadie, o no tengo tiempo. Podemos esperar a que nos respondan. Todo buen diálogo se dilata como la miel a punto de caer del panal. ¿Qué pretexto pones, por qué tardas tanto?, dice -agria- la modernidad, ahí están los medios, ve y reúnete, contesta, enloquece por regresar el regalo que te han dado. ¿No nos queda la sensación de que somos de pronto un pequeño tirano o niño malcriado, cada vez que insistimos al otro para que nos voltee a ver?, pero es que eso hacen todos. ¡Claro, desde hace doscientos años no hay libertad, sólo reacción al medio! De pronto podemos preguntarnos ¿Qué me mueve a enviarle este mensaje a con quien hace mucho no hablo?¿Con qué fuerza nacen las palabras que desean ser enviadas? El intercambio de palabras, en la modernidad, responde más al juego de fuerzas, a una reducción del deseo por estar juntos. La compañía se ha trastocado en hábito ciego. Reciprocidad demasiado inmediata. ¡¿Qué le devuelvo?!. Por el contrario, las cartas, con los libros, siguen siendo un punto de encuentro, donde no se obliga a nadie a responder inmediatamente, puede, incluso, no hacerlo. Las palabras, vistas como dones, guardan una fuerza creadora, y por ello libre. Obsequiar y recibir palabras forman parte de un impulso desinteresado, pues no se espera la afirmación o confirmación, sino que, como dice Gabriel Zaid, las palabras "vuelan y lo mueven todo." Buscamos crear un espacio libre, único, algo íntimo. Seguramente las primeras misivas fueron de amor o mensajes de guerra, para calmar las aguas. En todo caso, se buscaba la unificación, la paz, el intercambio de buenos sentimientos.
Las cartas pueden o no volver, la conciencia ecológica, que en muchos puntos tiene razón, sería un impedimento. Ahí están los espacios digitales, pero más importante que la herramienta, debemos rescatar a la palabra del mercado. Coloquémosla en la buena conversación, entre reuniones que dejan un buen sabor de boca y nada más. Alejémonos del neurótico sistema porfiado en reunirnos para nada, o mejor dicho, para que seamos -y veamos- la prueba de que el progreso se impone. Los algoritmos no mienten, estamos juntos porque saben qué vender. Dejemos de ser objetos, seamos personas. Porque en este estado de locura, lo que compartimos al responder un mensaje, es un apresurado ánimo, un grosero intento por permanecer unidos, sin saber por qué a la vista de todos.
Iván
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