jueves, 31 de marzo de 2022

Irrealizable

 De nadie era la casa

para nada son los recuerdos,

para nada.

Hubo cartas con remitente, 

pero sin voz.

De los besos, ni hablar

Un corto dolor de cabeza fue su adiós.

Hoy son casa en otros fantasmas. 


Iván

miércoles, 30 de marzo de 2022

Nada que perder

Me habló de su corazón puro y blanco

No la sangre, sino la idea

No el beso, sino el papel.

Relajada indiferencia.

Quédate conmigo -se escuchó

En tu condición no puedes.

Y el otro respondió. 

Silencio.


Iván

lunes, 21 de marzo de 2022

Entre el consumidor ciego y el poeta pobre: las bibliotecas


Sentaos, por tanto, en amistad sincera, y sin reparo disponed de cuanto pudiere dar alivio a vuestra angustia.

Shakespeare, Como Gustéis, Escena VII, Acto II 

Las bibliotecas son espacios de resistencia y rebeldía, resistencia ante el olvido y rebeldía ante el hiperconsumo. Ahora que los nuevos poetas del caos se esfuerzan por fragmentar y hacer más perezosa nuestra memoria, al tiempo que nos venden productos cada quince segundos, las bibliotecas están libres de la presión del mundo, el cual, por cierto -tengo la sensación- se ha hecho pequeño. Conocí un hombre que seguía anotando en su libreta poemas, capítulos completos de novelas, libros de investigación o cuentos. Era un copista perdido en nuestro siglo, pero que reflejaba el fiel espíritu del espacio al que iba a robar el fuego eterno de Apolo. Luego compartía sus reflexiones con sus amigos y ningún cuervo lo castigaba por eso. Llegó a comprar algunos de esos libros, porque le parecieron esenciales, pero no se obsesionó nunca con llevar cada estante hasta su casa sólo para presumir a sus amigos los kilómetros de lomos empastados que poseía. Incluso regaló algunos libros. Junto a él se podía respirar. 

El aire es cada vez más denso en las calles remendadas de publicidad auditiva, pero sobre todo visual. ¡Compra o no serás nadie!, nos gritan las pantallas verdes. Pero en las bibliotecas esos chillidos se desvanecen, no tienen entrada. Nadie está obligado a comprar nada aquí, pues se sigue usando la vieja costumbre algo burocratizada, del préstamo, es decir, de la confianza entre los hombres. Yo institución te presto mi espacio y herramientas, ¿tú prometes seguir el espíritu de libertad que coloco en tus manos? Convengo, dice el lector. Ni siquiera las ideas de los autores son aceptadas a la primera o rechazadas, se sigue el curso natural en tales casos: vamos a ver qué tienes que decir y cómo pienso al respecto. De ahí que el silencio sea necesario en las bibliotecas, silencio para escuchar las voces dormidas y no la de uno mismo como piensan los usuarios de Tik tok. Por cierto, alguien debería hacer un análisis del silencio en estos espacios, pues es muy distinto al pesaroso de las funerarias y algunos salones de clase o salas de hospital. Aquí todos guardan el silencio alegre de la primavera en flor o del reverencial otoño. 

Quien esté rondando mi edad, la edad del hombre, habrá notado lo opresivo que es no cargar ni un peso en los bolsillos. La pobreza nos paraliza, más si eres estudiante. Qué alivio encontrar un lugar donde nuestro deseo de pensar, reflexionar y crear no se ve limitado por la inexistencia de una cuenta bancaria. La institución encargada de la democratización del saber, debería poner más empeño en mejorar las colecciones, así como los espacios consagrados al libro, para que ningún estudiante o joven en potencia de ser, se vea disminuido por la lejanía del recinto más cercano. El mismo espíritu público de las bibliotecas nos impulsa a poner freno a esta desigualdad. Ya sé que existen las bibliotecas virtuales, incluso algunas donde puedes descargar libros de este año, todo gratis, pero aquí no sólo pierden los escritores (no me refiero Homero, él jamás recibió regalías, pero sí a sus traductores y editores actuales) y toda la empresa del libro. Además, esto supone que hay acceso a internet, una máquina donde leer, o en su defecto, presupuesto suficiente para llevar a imprimir y engargolar. Que sigan existiendo estas bibliotecas electrónicas, pero que a la par se designe presupuesto para las bibliotecas tradicionales, que en verdad se apoye al creador y traductor, al encuadernador y editor, trabajos por demás insustituibles, pues son ellos quienes cuidan y le dan forma final a la idea. 

No veamos a esta extensión del alma como una roca inerte que está ahí haciendo estorbo, abrámonos al mundo del libro, quizá ahora que las imágenes dominan el discurso, sea más fácil maravillarnos con el proceso creativo y con el orden sagrado que conlleva hacer, publicitar, organizar un libro. No pretendo que se lean mil libros por año, pero sí que su acceso se facilite. Que seamos más libres para poder leer. Nos han saturado de hechos irrelevantes, como temía Huxley, recuperemos lo importante. 

En casa de mis abuelos el estante era pobre, pero sustancioso, como la comida casera. Había sólo seis libros, dos de ellos eran manuales, uno sobre las instalaciones eléctricas, el otro sobre el cuidado y optimización de las granjas porcinas, los restantes eran El viejo y el mar, comedias de Shakespeare, Los de abajo y una Mínima historia de la revolución mexicana. Hay saberes que son útiles, hasta ventajosos, otros son más bien insobornables, por ello esenciales para saber, así, a secas. ¿Saber para crecer? ¡Claro! recordemos que poseemos una segunda naturaleza inclinada a la verdad. Saber es un acto tan riguroso como el que más. Así como el pobre se siente limitado o el encadenado se sabe esclavizado, quien no aprende y está en disposición pero sin recursos se siente ciego, sordo, mudo, falto de miembros y aún escucha marchitar sus fuerzas atrapado en la oleada del consumismo y el olvido, se vuelve otro marginado. Pero este marginado, rebelde, -lo llamaría yo- le grita al mundo ¡No pienso ayudarte a mi desgracia, poniéndome a hacer nada, como tú quieres, ahora mismo voy y bajo el amparo de de mi poeta redescubro el mundo, el mar, los peligros del hombre! Entonces algo maravilloso ocurre, este hombre rebelde encuentra cómo resistir el flujo de la historia, con disciplina, que es el deseo de ver la unidad del mundo. Pero la entrada está ahí, en los libros, en las viejas historias que nacen del asombro platónico y no del maquiavelismo ni del fordismo. Leamos con afán de verdad, así comprobaremos que quizá baste con saber un par de libros -de corazón como quería santo Tomás- para ponernos en acción, para sentirnos acogidos en tierra fértil y florecer.  De otro modo estaremos entre el obsesionado por descargar libros que nunca leerá y el marginado de la palabra. 

Iván

Divagación de fin de año

Termina el año, un año más, y por primera vez veo mi pasado con cierta claridad. De aquel muchacho desconfiado, orgulloso y ansioso de amar ...

y siguen dando