sábado, 18 de junio de 2022

Aprendiendo a odiar

Desde hace unas cuantas décadas el mundo comenzó a ser como debería de ser. El hombre ya no sueña con Utopías, ni mucho menos con destinos de ultratumba. Las clasificaciones literarias llaman a esto realismo, lo cual significa que hemos dejado de creer que la reconciliación fraterna entre los hombres es posible, pues no hay dios que promueva tal armonía. No debo advertir de pesimismos o cinismos en mi próxima argumentación, porque tanto uno como el otro se sustentan en una cierta insatisfacción del mundo. Por ejemplo, el pesimista cree que la situación no es tan mala como podría llegar a ser. Lo repito, el mundo es como debió ser siempre desde aquella explosión universal. Por fin todo está cayendo por su propio peso. Vamos a revisar un caso real: hace unos pocos días en uno de estos países realistas, el mandatario supremo afirmó con toda parsimonia, que si el índice de homicidios se había reducido, era por la única razón de que un grupo armado, ajeno al orden público, -hombres perversos, para usar el término clásico- estaba dominando gran parte del territorio y no contaba con enemigos naturales, es decir que hay una plaga de hombres lógicos. Me explico. Estos hombres educados por el medio, es decir, por fuerzas ajenas a ellos, como las ideas que se difunden cual gases salidos de las cloacas, han llegado a saber que no contamos más que con estómago, el cual exige de comer, además de otros apetitos igual de naturales, entonces, ante tal realidad, se preguntan ¿Qué debo hacer? Y lo hacen, lo cual se resume en aquel refrán: El pez más grande se come al pequeño. 

Ante las críticas de unos cuantos grillos, así como de algunos hombres despiertos, el presidente los acusó de ser lo que son, unos nefastos traidores no sólo al país en que viven, sino a toda la naturaleza. Esos arcaicos desearían que se combatiera a los criminales, que se les negara el derecho a ser lo que son, unos hombres hechos y derechos, formados en la única idea certera sobre la naturaleza humana: la realización del hombre está en la voluptuosidad, en acrecentar placeres incluso si para ello deben matar. Porque una vez que se pisa un escalón, necesariamente se debe recorrer todo el circuito hasta descender al abismo. Este abismo no es otra cosa sino el resultado de haber elegido ya no elegir. Así es, la libertad es todo lo contrario a lo necesario, la piedra cae por su propio peso porque no tiene elección. Una mente animal que se plantea ideales es capaz de elevarse, pero tan pronto como sueña con tocar el sol, algo en su maquinaria falla, precipitándolo al vacío. Soñar con volar es amar la libertad, pero al mismo tiempo es soportar el sufrimiento de siempre caer. Innecesaria libertad. Segura necesidad. Que la humanidad prefiera la realidad a los ideales, sólo se explica porque la primera es franca, mientras que la segunda es decepcionante. El temor a fallar nos ha acompañado como especie desde siempre, pero esto sólo porque tenemos una mínima idea de lo que es la perfección. De hecho, no se podría pensar el progreso sin esta aspiración: llegar a ser lo que en verdad se es, es muy diferente a ser lo que se es. El amor por la verdad lo cambia todo. 

Sin embargo, el amor por todo lo elevado es siempre peligroso, porque precipita a muchos hombres a una terrible locura, es preferible el suelo firme de la cordura. Por cierto, hace años que no se oye la palabra manicomio, lo cual implica que los políticos han podido erradicar todo rastro de locura. Porque es claro que ellos diseñan todo pensando en la salud de las sociedades. Para ello se basan en esta norma: el hombre es un ser natural, que a veces sueña con paraísos, pero de los que no tenemos ninguna evidencia, luego, el hombre es una fiera que debe ser educada en el miedo y el castigo, aunque sepamos bien que estos sentimientos engendran el rencor. Digamos después que deben temer a ese rencor también, porque es signo de locura, de inconformidad. Digamos: 'si crees que hay algo más, estás loco'. Nos educan en el odio, en la desconfianza al error y lo supremo... No obstante, algunos de estos señores soñaron muchas veces, y amaron tanto los ideales que perseguían, que sufrieron mucho al tener que dejarlos. Ellos aprendieron que el odio revela la verdadera cara de aquello que alguna vez amamos con pasión. Los inconformes son ellos, aunque más preciso sería llamarlos cobardes, pues en lugar de ir con la corriente, comenzaron a establecerse en tierra firme.

Sin embargo, aceptar su educación, nos lleva a falsos dilemas, como éste: hace un par de días se capturó a un vulgar asaltante, no fueron los policías quienes hicieron el trabajo de investigación, sino la propia población. Al capturarlo, lo golpearon, movidos por el miedo y el rencor, son turbas aterradas, que los políticos de la sanidad no tardan en calificar como desquiciados. Pero más importante que esto, el raterillo argüía: 'yo no les hice nada, sólo los asalté'. Hasta donde veo, no hay mayor signo de realismo que estas palabras, pues en ellas podemos leer entre líneas que ese hombre no comprendía a sus vecinos, pues no hizo más que actuar bajo el signo del mundo, él está perfectamente cuerdo, mientras que sus vecinos son unos inconformes, unos idealistas. Señores, pudo decirles en tono más académico, no ven que anhelar justicia los hace infelices. Él tiene la razón, ¿no?, ha aceptado mejor que nadie su vida terrenal. 

¿Hay alternativa a la cordura? No, porque el mundo, lentamente, comienza a ser lo que es. A menos que nos arriesguemos a soñar, a estar inconformes, a odiar aquello que amamos alguna vez, como la comodidad a costa de otros, porque es muy seguro que ni siquiera vimos al otro. Quien sueña con volar, debe reconocer que no controla el viento, pero puede aprender a planear o cerrar las alas cuando sea necesario. Todo es cuestión de medidas: un poquito más de confianza, sin olvidar la duda. Lamentablemente hoy abunda la confianza, hasta hay propaganda para amarse a uno mismo, sin recordar que quien acumula mucho de algo, termina por explotar o secarse. Compartir con el otro es un ejercicio más de libertad, una aventura. El mundo racional y ateo crea individuos temerosos de fracasar, por ello se afanan en controlarlo todo. Un mundo libre presenta varios riesgos, por ejemplo, que las personas (seres libres, irreductibles a cualquier dominio) se encuentren. El riesgo de amar, tanto como de volar, requiere confiar en el otro, así como en uno mismo, sin olvidar una pizca de duda. Amar y volar no serían riesgos reales, sin el peligro de caer al vacío. El amor a solas es la resignación de los que prefirieron guardar sus alas bajo llave.   

Iván 

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