martes, 19 de octubre de 2021

Mi tío, el juez y el trabajo

Nos acostumbramos al gas, hicimos todo para que todo funcionara con gas. No podemos bañarnos, calentar una tortilla, tomar el microbús, si no hay gas. Para mi tío que perdió la vista allá por 2004, el mundo se le figura una estupidez. Quizá, -se burla de sus penas- soy yo el que ya no entiende nada, como no veo, todo se me hace fácil. Fíjate, recobra el entusiasmo cautelosamente ante los jóvenes. cuando tu tío M y yo éramos niños, tu abuela nos mandaba a juntar boñiga y mezote (excremento de vaca seco y el residuo del raspado del maguey), con eso calentaba la comida, hacía tortillas. Ora, mi abuela, la mamá de tu abuelo, como tenía marranos, nos ponía a hacer la boñiga, agarrábamos la mierda del marrano, que, pues era pura alfalfa remolida -se ríe de su infancia- le echábamos paja y hacíamos como unas memelas gordas con esa mierda, las poníamos al sol dos o tres días y ya estaban para prender lumbre.
Después llegó el petróleo, las estufas traían una vitrolera que se llenaba con un galón, ¡el galón costaba un peso! El que tenía una de esas estufas era chingón, los demás seguíamos con boñiga y leña. Luego llegó el gas, pero a las señoras no les gustaba, la encendían cuando de veras ya no había leña, como cuando llueve y nada prende al aire, o ya si era muy tarde y el marido quería cenar. Su uso era mínimo. Los viejitos de antes lo tenían todo, ¿qué necesitaban? No que ahora dependemos del gas, la luz, el internet. Pero quisimos ya no estar entre mierda, ni el humo de la leña. La comodidad nos ha hecho la vida imposible. Nadie quiere trabajar, lo que se llama sudar el espinazo, la frente. 

Debemos aceptar que si bien las evocaciones del pasado siempre son parciales, no dejan de ser una fuente atractiva para entender el rumbo que hemos tomado, lo que podríamos hacer para remediar ciertos males y por qué los consideramos males. A mi modo de ver, la época dorada debería estar presente en cualquier libro de Historia universal. La isla de Utopía nos recuerda de dónde descendemos. El presente sólo indica que todos somos culpables de la situación en que vivimos, pues continuamente tiramos las fuerzas sociales, técnicas, económicas para estar libres de sufrimientos que consideramos retrogradas e inútiles. Lo mullido de las almohadas impiden que veamos la cabecera de loza en que descansa el otro, ni sabemos qué significa, y es muy seguro que no sintamos la necesidad de romper nuestra almohada para darle la mitad. Aunque adormecer la conciencia de nuestros prójimos sería lo peor que podríamos hacer. Si bien el progreso técnico, científico, económico, nos ha librado de tiranos que impedían nuestro avance como comunidad, también promueve el egoísmo, la competencia por ver quién tiene más y puede defenderlo de los poderosos, pero también pasearlo frente a los hambrientos. 

Gustavo Zagrebelsky, el retirado juez italiano, en su ensayo Si el medio y el fin terminan por coincidir (Contro la dittatura del presente, perché é necessario un discorso sui fini, Laterza, 2014) nos recuerda que la distinción real no estaba entre ricos y pobres, distinción que lleva a la sospecha de que el otro tiene más por fuerza y el de abajo quiere arrebatarme lo mío por envidia o venganza. Como lo dice Nietzsche, los compasivos son una religión de rencorosos, a la espera de derribar, mutilar, o envenenar a los fuertes. No, la distinción real estaba entre el poderoso y el humilde, dos formas de actuar en el mundo. Digo de actuar, pues los ricos modernos por más libres e impunes que parezcan a cualquier ley, o maravillosa que nos parezca su vida por hacer lo que desean, han dejado de ejercer su potestad. Ningún rico en la tierra abandonaría el noventa por ciento de su riqueza, pues sabe que quien actúa en su nombre es el dinero. El dinero se mueve sin la voluntad del hombre. Por dinero hay quien mata, encadena o sobaja la dignidad humana, aprovechándose de la vulnerabilidad mental de los hombres, de su deseo de unidad, amor. Así, hay quien presenta innovaciones que resultan ser mecanismo de explotación y denigración.  
El dinero lo mueve todo. Todos obedecemos al dinero. En oposición a esto, el juez nos recuerda que en la época Medieval, éste servía para construir caminos, puentes, acueductos, "El dinero no era el fin, sino el medio." El medio para crear, hacer algo distinto. Hoy el dinero se pone en circulación para generar más dinero. Conforme el dinero fue ganando su lugar en las cortes como símbolo de poder -repito, el poder real está en el hacer, crear o destruir, es decir, en la libertad-, se impuso en la imaginación de los hombres como resguardo ante cualquier catástrofe, también, sirvió como escala para que los pequeños comerciantes comenzarán a pertenecer al mundo real, no por méritos, sino por posesión monetaria. El dinero representó, desde ese entonces, posición social, poder y lujo. Al entrar el siglo XVII con el liberalismo inglés, que no es otra cosa, sino egoísmo monetario, cada hombre sobre la tierra deseaba para sí y para los suyos acumular dinero, es decir, capital necesario para ejercer su voluntad. La voluntad no existe, si no pesa en oro. -Entiendo que debe haber una correspondencia entre mi labor y la remuneración, el dinero es útil. Pero precisamente es la categoría de útil lo que se esfumo, o mejor dicho, el dinero compró el título de absoluto. Quien posee el absoluto, lo puede todo. Quien tiene todo, vive bien. El modelo a imitar es el de los absolutistas, los lacayos primeros del dinero. Los ricos modernos dictan la ética de la esclavitud, en el sentido de ser esclavos ellos mismos del dinero. La libertad humana dejó de ejercerse, porque ya no hay medios. El juez italiano nos invita a pensar que hubo un tiempo en que había una relación entre el trabajo, el esfuerzo y el dinero, con el capitalismo se rompe esta relación, porque se negó el valor de la acción humana, todo valor perteneció, desde ese entonces, al dinero. In gold, we trust, Baal. Piénsese que una de las mayores recomendaciones que hacen los propios economistas frente al reto mundial, es la creatividad, ver más allá del sistema, recuperar modos de vida dignos, austeros, regionales, no engancharse al modelo mundial, el cual ya ha secado todos sus abrevaderos. El pasado, sin resucitar seres nocivos, puede ser esa fuente. 

Trabajar duro, ver en el dinero un medio, respetar los límites de los demás seres, su voluntad, realmente respetar y cuidar su voluntad, no encaminarla a la inacción, son valores de un idiota. Iván el Idiota, ese cuento utópico de Tolstoi, puede iluminarnos en lo que somos culpables al construir un mundo dirigido y basado en el dinero. La simplicidad de la vida no significa estupidez, sino armonía, pues si todos tuviéramos, en verdad, las mismas oportunidades, la creatividad también se haría presente. Elogiamos a Dostoyevski, Primo Levi, por mostrarnos las profundidades de la situación humana, su caída a la tierra, la crueldad. Pero, a quién alabamos por la alegría franca. ¿Alguna vez nos hemos unido para celebrar la alegría? ¿Aún soñamos con un mundo distinto a éste?... Quizá, cuando por segunda vez salió de su hacienda aquel hidalgo de triste figura conocimos la alegría. 

Iván

viernes, 1 de octubre de 2021

Uno de lentos

vaya que eres lento

 Todos tenemos un amigo -también hemos sido ese amigo- que no ríe con los chistes porque se tarda en comprenderlos. Horas después, quizá días, se salte de risa y diga el famoso "ah, ya entendí". El chiste o cuento chino, que igual se aplica a los chismes, son entes etéreos, fantasmas viscosos que se adhieren a nuestra mente, ahí se quedan, pegados con su ligereza, esperando el momento en que nos desprendamos de ellos por la risa. El ya entendí, es el exorcismo de estos fantasmas. Ahí vamos tratando de saber cuál es el chiste del chiste, lo invocamos para nuestros adentros un par de veces, la intriga nos obliga a voltear hacia el claroscuro de las risas ajenas. ¿De qué se reían? No entiendo su reacción... Ah, ya entendí. El fantasma es vencido, capturado en una tarjeta para arrojarlo a la sobremesa de otra reunión. Es notorio el hecho de que sólo compartimos aquello que comprendemos. De igual modo sucede con las dudas de toda índole, al externarlas, comprendemos que algo no estamos entendiendo. ¿Qué fue lo que quiso decir Carl? Esto demuestra que los chistes requieren un mínimo de capacidad intelectiva, que nos gire la ardilla, que seamos insistentes en comprender lo incomprensible. 

Si esto sucede con los chistes, cuánto más al leer obras literarias, filosóficas y científicas de igual o mayor extensión. La memoria tiene diferentes rostros, a veces un perfume, un río que fluye, otras sólo el sonido de las palabras, el valor de los símbolos, no la voz ni el lugar, sino el peso simbólico del imperativo categórico, la constante gravitacional, de los cuales, su relación con la realidad será evaluada por la lógica. Aquí sólo nos interesa su consecuencia psicológica. Al leer y no comprender o comprender a medias, la carencia nos lastima -esto depende del carácter, pues también nos puede emocionar haber llegado a un puerto ignoto- se hace triste nuestra existencia, algo nos preocupa, ¿qué está del otro lado que a todos parece atraer? ¿Por qué no puedo asir, nombrar, comunicarme con los otros, compartir la alegría plena? La bondad del buen entender es saber nombrar, saber por qué se dice esto es así. La afirmación de nuestra ignorancia inmediatamente formula una hipótesis de aquello que se nos presenta difuso, como cuando nos acercamos demasiado la fotografía de algún amigo o lugar conocido, en ese caso sólo vemos una mancha de colores. Pensamos que estamos muy cerca de la tal imagen o que nuestros ojos fallan. La distancia es necesaria. Algunos problemas se resuelven así, otros requieren mayor esfuerzo, otro enfoque.

Muchas veces el problema es reconocer qué es símbolo y qué no lo es. Sobreinterpretar o sobreactuar llega a ser una flaqueza de carácter. Hay que ser arriesgados, sin duda, pero no tontos con estilo. Lo que quiero decir es que hay maneras sofisticadas de arruinarnos la vida, los momentos de goce y felicidad, como también podemos rehuir del dolor con argucias o excusas harto elaboradas. No le busquemos tres pies al gato, cuando sabemos que tiene cuatro. Así con lo demás. Escuchemos de qué hablan los grandes hombres y mujeres, para que sea razonable nuestro juicio al decir qué fue lo que quiso decir Nietzsche o Platón o Aristóteles o Shakespeare o Alice Munro o Newton. Decir que dijeron lo que en primer lugar nosotros quisimos decir, es una pésima broma, pues niega lo que es, lo que está hecho, deshace la obra del autor, arruina el chiste, la sal de la vida. Claro que podemos dar nuestra opinión, presentar los resultados de nuestras investigaciones, pero nadie remienda lo que está bien hilado, se contempla, se dice, yo entiendo que...

Por ejemplo, yo entiendo que Paulina Flores, al hablar sobre sus relecturas de 2666 de Roberto Bolaño, y en general del acto de leer y releer, afirmó que el género humano cuenta con memoria, inquietud por el saber y una afición por ejercitar las facultades intelectuales. La cultura quizá sea eso, un poner a trabajar a la inteligencia para ser hombres y mujeres de palabra, es decir, de razón. Tomando en cuenta que para hacer mover la piedra del molino, el agua proviene de diferentes fuentes. Hemos desarrollado diferentes formas de expresarnos, así, la palabra no sólo es el término del acto de entender, sino que viene a ser su impulso. 

Decir ¡Ya entendí! es signo de salud intelectual, jamás de lentitud, excepto en Homero Simpson. 

Iván

Divagación de fin de año

Termina el año, un año más, y por primera vez veo mi pasado con cierta claridad. De aquel muchacho desconfiado, orgulloso y ansioso de amar ...

y siguen dando