El nombre puede ser engañoso, tomo prestados los fenómenos de luz y sonido como analogías de la potencia vidente y facultad discursiva que poseemos. Entendemos algo y después lo expresamos. La luz proviene del fuego, es voluntad que desea, el sonido está en la música, la voz, una risa, el llanto, la palabra. Entendimiento y voluntad. Saber y deseo. Sentir y saber, como se sabe que se ama.
martes, 19 de octubre de 2021
Mi tío, el juez y el trabajo
viernes, 1 de octubre de 2021
Uno de lentos
vaya que eres lento
Todos tenemos un amigo -también hemos sido ese amigo- que no ríe con los chistes porque se tarda en comprenderlos. Horas después, quizá días, se salte de risa y diga el famoso "ah, ya entendí". El chiste o cuento chino, que igual se aplica a los chismes, son entes etéreos, fantasmas viscosos que se adhieren a nuestra mente, ahí se quedan, pegados con su ligereza, esperando el momento en que nos desprendamos de ellos por la risa. El ya entendí, es el exorcismo de estos fantasmas. Ahí vamos tratando de saber cuál es el chiste del chiste, lo invocamos para nuestros adentros un par de veces, la intriga nos obliga a voltear hacia el claroscuro de las risas ajenas. ¿De qué se reían? No entiendo su reacción... Ah, ya entendí. El fantasma es vencido, capturado en una tarjeta para arrojarlo a la sobremesa de otra reunión. Es notorio el hecho de que sólo compartimos aquello que comprendemos. De igual modo sucede con las dudas de toda índole, al externarlas, comprendemos que algo no estamos entendiendo. ¿Qué fue lo que quiso decir Carl? Esto demuestra que los chistes requieren un mínimo de capacidad intelectiva, que nos gire la ardilla, que seamos insistentes en comprender lo incomprensible.
Si esto sucede con los chistes, cuánto más al leer obras literarias, filosóficas y científicas de igual o mayor extensión. La memoria tiene diferentes rostros, a veces un perfume, un río que fluye, otras sólo el sonido de las palabras, el valor de los símbolos, no la voz ni el lugar, sino el peso simbólico del imperativo categórico, la constante gravitacional, de los cuales, su relación con la realidad será evaluada por la lógica. Aquí sólo nos interesa su consecuencia psicológica. Al leer y no comprender o comprender a medias, la carencia nos lastima -esto depende del carácter, pues también nos puede emocionar haber llegado a un puerto ignoto- se hace triste nuestra existencia, algo nos preocupa, ¿qué está del otro lado que a todos parece atraer? ¿Por qué no puedo asir, nombrar, comunicarme con los otros, compartir la alegría plena? La bondad del buen entender es saber nombrar, saber por qué se dice esto es así. La afirmación de nuestra ignorancia inmediatamente formula una hipótesis de aquello que se nos presenta difuso, como cuando nos acercamos demasiado la fotografía de algún amigo o lugar conocido, en ese caso sólo vemos una mancha de colores. Pensamos que estamos muy cerca de la tal imagen o que nuestros ojos fallan. La distancia es necesaria. Algunos problemas se resuelven así, otros requieren mayor esfuerzo, otro enfoque.
Muchas veces el problema es reconocer qué es símbolo y qué no lo es. Sobreinterpretar o sobreactuar llega a ser una flaqueza de carácter. Hay que ser arriesgados, sin duda, pero no tontos con estilo. Lo que quiero decir es que hay maneras sofisticadas de arruinarnos la vida, los momentos de goce y felicidad, como también podemos rehuir del dolor con argucias o excusas harto elaboradas. No le busquemos tres pies al gato, cuando sabemos que tiene cuatro. Así con lo demás. Escuchemos de qué hablan los grandes hombres y mujeres, para que sea razonable nuestro juicio al decir qué fue lo que quiso decir Nietzsche o Platón o Aristóteles o Shakespeare o Alice Munro o Newton. Decir que dijeron lo que en primer lugar nosotros quisimos decir, es una pésima broma, pues niega lo que es, lo que está hecho, deshace la obra del autor, arruina el chiste, la sal de la vida. Claro que podemos dar nuestra opinión, presentar los resultados de nuestras investigaciones, pero nadie remienda lo que está bien hilado, se contempla, se dice, yo entiendo que...
Por ejemplo, yo entiendo que Paulina Flores, al hablar sobre sus relecturas de 2666 de Roberto Bolaño, y en general del acto de leer y releer, afirmó que el género humano cuenta con memoria, inquietud por el saber y una afición por ejercitar las facultades intelectuales. La cultura quizá sea eso, un poner a trabajar a la inteligencia para ser hombres y mujeres de palabra, es decir, de razón. Tomando en cuenta que para hacer mover la piedra del molino, el agua proviene de diferentes fuentes. Hemos desarrollado diferentes formas de expresarnos, así, la palabra no sólo es el término del acto de entender, sino que viene a ser su impulso.
Decir ¡Ya entendí! es signo de salud intelectual, jamás de lentitud, excepto en Homero Simpson.
Iván
Divagación de fin de año
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