¿Es la
envidia la muestra más patente de la individualidad?, al menos eso parece
sugerir el personaje principal del cuento La zarpa, de José Emilio
Pacheco. Zenobia vive una lucha constante por sobresalir a pesar de la gran
belleza, carisma e inteligencia de su amiga y antagonista, Rosalba. La amistad
al borde del recelo y el deseo de ser reconocidos, son la trama en este cuento.
Es curioso notar que toda la narración sucede a los pies de un confesionario.
Sin embargo, Zenobia no espera que el padre la comprenda, simplemente quiere
deshacerse de los humos pestilentes que la han corroído durante décadas. Si no
busca la comprensión del joven sacerdote, significa que no espera el perdón de
sus pecados. Para ella la envidia es la fuerza vital que destruye a quien la
padece, pero que la mantiene a salvo, la ayuda a sobrevivir. Si bien puede
parecer que Zenobia padece de lo que ahora denominamos como baja autoestima, es
todo lo contrario. Ella tiene el suficiente amor propio como para odiar sin
sentir la necesidad de disculparse. El orgullo es un privilegio de reyes, el
perdón una institución de carpinteros.
El
amor propio de Zenobia no le permite buscar el perdón. ¿Perdón por levantarse
contra las injusticias del mundo? Es ella la única que tiene la entereza
suficiente para vengarse, en otras más hermosas que Rosalba, de las fuerzas
ciegas del universo. Zenobia sabe que es innegable que la genética es culpable
de que “todo esté tan mal repartido en el mundo”, pues “Nadie escoge su cara.” El
problema no tiene solución, porque no tiene causa. El azar genético no puede
ser juzgado por nada. La ira de Zenobia es ciega, por ello mientras trabajó en
el Palacio de hierro, le hacía imposible las compras a las mujeres bellas.
Zenobia no busca quién la hirió, sino odiar para sentirse viva.
II
La
situación del humillado, cuando Zenobia explica que “Si alguien nace fea por
fuera, la gente se las arregla para que también se vaya haciendo horrible por
dentro.”, nos orilla a preguntarnos: ¿Me he sentido humillado, he humillado sin
razón alguna? La justicia, grita Zenobia desde el atrio, no es un asunto de
derechos bien razonados, sino una forma de exclusión estética. El caso sigue
siendo actual, sobre todo en México, la televisión blanquea nuestros estándares
de belleza. Zenobia representa al gran número de mexicanos que se sienten
pisoteados por el destino, por haber nacido con la marca del indígena más que
del español o europeo. ¿Este cuento nos habla de discriminación? No del todo, y
sin embargo, la pregunta nos hiere en cada página. Saberse menospreciado es una
herida grave. Rosalba no sólo vive herida, es ella misma una herida punzante
que daña a quien se acerca… y sin embargo, no busca sanar, al contrario, más
hunde el dedo en la llaga. Por ejemplo, Zenobia no olvida las comparaciones, lo
cual sabemos porque nos refiere a una nota escrita en un diario escolar hace
cincuenta años, donde las malas lenguas decían que Rosalba siempre estaba junto
a Zenobia para resaltar más la diferencia. El recuerdo le sirve para
atormentarse. Rosalba es culpable de todo. Mejor dicho, su belleza, por la
cual, hasta su hermano murió en la desdicha deseándola.
III
El cuento
termina de la manera más cómica y trágica. Hoy por la mañana Zenobia vio a
Rosalba de nuevo, pero bajo el peso de los años, lo cual las ha convertido a
las dos en unos costales arrugados, igual de feos. Zenobia ya no tendrá que
sufrir el juicio de los demás. Aunque sabe que Rosalba nunca le hizo nada malo,
incluso la trataba como a su igual, le hacía halagos.
Zenobia
cree que las diferencias han terminado, en realidad nunca existieron. Ésa es la
parte cómica, pues luchó contra sombras. Lo trágico es saber que la envidia
malogra todo intento de amistad. El rencor, como lo sugiere su etimología,
arrancia, pudre los mejores alimentos. Zenobia tendrá que alimentarse con los
despojos de lo que pudo haber sido la mejor etapa de su vida. La vejez es lo
que sobra, poco se puede recuperar. Zenobia esperó a que Rosalba estuviera
igual de herida que ella para poder llamarla hermana, amiga. La zarpa busca
igualdad en la humillación, de ahí lo trágico; lo cómico es que se alegre en la
decrepitud, sin ver que la flor de la juventud ha pasado de largo por su vida.
Un
zarpazo indica la herida ocasionada por la garra de un animal, puede contagiar
la rabia. Toda enfermedad nos deja vulnerables. ¿Es el sentimiento de debilidad
la verdadera herida de Zenobia?, pero, ¿quién no se ha sentido humillado y débil
frente al fuerte, o un harapo en presencia de los más bellos, o un bruto junto
al inteligente? ¿Nos defendemos? ¿De qué modo? ¿Hay una salida distinta a la
fuerza, al zarpazo, al odio de lo que soy? ¿Qué hay del perdón? En el cuento no
tiene cabida, en nuestra vida, ¿es posible?
Iván
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