viernes, 3 de junio de 2022

Trueno

No es ridículo en lo más mínimo, y aunque lo fuera, no importa, porque es bueno...

 Fiódor Dostoyevski


Hace nueve días murió mi madre. No pude llegar al sepelio por asuntos del trabajo. Los vecinos se encargaron de todo. Al llegar creí que sería vista con malos ojos, pero me trataron cordialmente, me dieron el pésame, incluso diría que me apapacharon. Más incómoda que abnegada recibí sus condolencias. Y cómo no iban a venir tantas personas, si mamá ayudó a muchos a bien nacer, fue la partera del pueblo. 

Estoy en su casa. Estaré aquí un tiempo para resolver los asuntos pendientes que dejó. Nada importante. En realidad todo se resume a lo que pasará con sus pertenencias. Debo volver antes del viernes. Dejé a mi gata Cascabel con la ración suficiente para estos días. No quiero estar aquí mucho tiempo. Esto altera mis nervios. Ella lo sabía. Quizá por eso no me habló mucho del cáncer que, a toda prisa, se la fue carcomiendo los últimos dos meses de su vida. Es decir, sí me dijo lo del cáncer, pero guardó silencio al notar que mi voz enmudeció en el teléfono. Me ahorraba incomodidades haciéndose pequeña en sus propias penas. Cobarde como soy, ella me amaba.

Es que nunca sé cómo comportarme ante las dificultades, siempre apelo al aburrimiento, al desinterés o la ironía. Pero le temo a mi corazón. ¿Cómo reaccionar a las lágrimas ajenas? Me irrito con facilidad, cuando lo que quisiera es consolar, consolar y llorar también, pero una especie de vergüenza me acecha. La muerte nos hace irritables, quisiéramos ahuyentarla como a una mosca: ¡Lárgate de aquí!... luego la tristeza y el miedo nos zumban en los oídos, ¡no digas que te morirás!


Ven a verme, me dijo hace un mes. Mi corazón se sintió requerido, una alegría en el dolor, porque anticipé la despedida, ¡oh despedida tan patética y necesaria!, ¿por qué lo más absurdo es tan necesario?... ¡Y esta maldita vergüenza de que me tomen por una chiquilla asustada! ¡Quiero verte!, insistió. Jamás vine. Eres mi niña, qué de malo hay en eso, fue lo último que me dijo al oído.


Hoy fui al notario. Al caminar de regreso a su casa, el aire vuelve a mis pulmones. La sombra de los árboles lo cubre todo, el polvo se levanta llevando consigo pétalos y hierbas secas. La calle López Velarde es, quizá, la más alfombrada por jacarandas, pirules, nopales, órganos y esos cactus altos que la señora Candelaria, la vecina de mi mamá usa como barda. Ella también es alegre como mamá, pero severa, para ella no hay hora que no se cumpla, ni plazo que no se alcance. Si alguien viene a buscarla a las dos o tres de la madrugada, gustosa ofrece sus servicios. Le reza a los recién difuntos, o si es que no pueden morir, también les reza para bien morir. Ella sembró cuarenta cereus bien alineados como barda y tan apretados que apenas si pueden filtrarse las lagartijas, los caracoles, algunos gatos, los rayos del sol o la voz de los que pasan por la calle. Los cereus, su presencia guardiana me resulta atractiva por ser la única barda de toda la calle. Por más que insistí, mamá nunca quiso levantar una. 


Al salir, encerré a Trueno, el pitbull de mamá. Un perro mediano, pelo café, de ojos amarillos y sumisos, las orejas gachas, pero alerta siempre para ladrar a intrusos, aunque cada vez al confrontarlos les mueve el rabo. Sólo ella podía vivir con los pelos de punta esperando que no atacara a nadie. Pero es que ella era valiente. En la sala, después de sortear las miradas compasivas e interrogantes de Trueno, están los sillones completamente mordisqueados. A pesar de eso, todo es limpio y confortable. La sala está dispuesta para sentarse y charlar obligatoriamente, pues mamá nunca compró televisión. El triunfo del silencio que siempre busqué, me humilla aquí sola. Hay una grabadora ocupando un lugar mínimo sobre la mesa de centro, su sonido es fiel si se sintoniza la 1030 de a.m. Decía mamá que Armando Manzanero, Agustín Lara, Javier Solís y Pedro Infante le cantan a uno directo al corazón. No me animo a encenderla. Trueno suplica para que lo deje salir al patio, para que juegue con él como lo hacía ella, pero no, temo que muerda a alguien, incluso a mí. Al fin se echa a un lado de mis pies, se tumba aburrido, sabe que no confío en él y me perdona en silencio. 


La luz del sol se filtra por las jacarandas y atraviesa las cortinas esmeraldas de la sala. Miro una fotografía. Yo tengo trece años, ella treinta y ocho. Las dos estamos de pie junto a la granada que sembramos ese día. Te pareces a mí, dijo esa vez, sólo que tú eres más delgadita, y con esos ojos grises parece que no me miras a mí, sino sólo al aire, pero eres bonita, con tu piel trigueña y tu boca pequeñita, las orejas y las manos de papá, terminó sentenciosa, pero riendo. A esa edad su boca era sensual, sonrisa amplia, diario se ponía labial rojo, lo cual abultaba un poco el labio inferior. Su mirada magnética, de ojos pequeños café oscuro, parecían una roca, una piedra preciosa por su luz. ¿De dónde salía esa luz? Tenía la piel morena, era alta, esbelta, usa un vestido lila entallado sobre la cintura, el cabello negro le acariciaba el pecho, a su lado parezco su fantasma.

 

La tarde está muriendo, el atardecer vuelve naranja todas las paredes y cada imagen de mi memoria. Al fin enciendo la radio justo cuando dice la canción: llegan hasta el cuarto mío/ las quejas del arrabal… arráncame la vida con el último beso de amor. Derrotada por no sé que fuerza, comienzo a reír y llorar, todo en estertores que salen de mi vientre. La noche se escurre por mis dedos hasta quedar tendida sobre el piso. Trueno resopla antes de dormir.


**************

Aquí el sol se levanta temprano, antes de las seis ya te está besando la piel. Mientras me visto miro por el espejo mis piernas largas, firmes, de piel tersa y bronceada, las junto para sentir el frío de la piel de cada una de ellas, aprieto mis brazos sobre mi pecho como en una plegaria. Sonrío, pero no sé de qué, quizá de haber recuperado esta imagen completa de mí, ya que en la casa donde vivo actualmente sólo hay un espejo pequeño en el baño. La vanidad te va bien, insistió muchas veces mamá. 

Al bajar las escaleras, Trueno me ladra contento, ¡qué difícil tener que dejarlo!, es el último recuerdo vivo de mamá. Dicen que los perros adoptan algunas manías de sus amos, y debe ser cierto, porque él me sonríe como ella, con dulzura, como perdonándome todo, incluso que lo abandone. En una ocasión, Trueno se peleó con otro perro, al poco rato mamá y el dueño reían por su torpe actuar. ¿Por qué seré su hija si no puedo reír así? Después de empacar los muebles que se han de vender, después de tapiar las ventanas por donde se filtra esa luz, saldré con Trueno, lo llevaré a caminar un poco. Mamá dejó dicho que doña Cande le hiciera el favor de adoptarlo, con nadie más estaría tranquilo y feliz, pero ahora pienso que ese muro vegetal lo pondrá triste. Quisiera llevármelo. Si fuera más valiente yo... Pero es exponerme al ridículo. Lo difícil de ser juiciosa es que esperan de una respuestas bien formuladas, ningún exabrupto. ¡Cuánto pesa el conocimiento de lo que se debe ser! Para mamá yo era la sensata, la juiciosa, así me presumía ante sus amigas, sobre todo con doña Candelaria. Aún me pregunto qué clase de descripción es ésa para cualquier persona que pasa por la juventud. Eso no me gustaba, pero era mi trinchera y no estaba dispuesta a abandonarla. Era mi torre donde tenía autoridad para opinar y ser escuchada con respeto, -sospecho que más bien con recelo.


Sigo empacando, encuentro bajo la almohada de su cama la última foto de nosotras antes de que yo me fuera, estamos frente a la granada, es diciembre. Hace seis años cuando me fui, mamá no se opuso, no habría tenido derecho. Decidí irme a la ciudad para conocer otro mundo, para ser diferente allá, pero no importa donde se vaya, siempre se carga con la herencia, con las ideas que se han convertido en hábito. No pude librarme de mí misma por más que quise. Enrique, aquel compañero de trabajo en el laboratorio farmacéutico se acercaba a mí con tal delicadeza, que no podía resistirme a él, hasta que peleamos. Por mucho que lo quise no soporté el enojo, el miedo, el deseo de gritarle y salir huyendo, mi corazón ladraba como Trueno ante un desconocido. Cambié de trabajo al otro lado de la ciudad. Conseguí un nuevo departamento más pequeño. Adopté a Cascabel en un refugio. Tenía cuatro meses de nacida, como yo en la ciudad. Rápido se adaptó a mí, es silenciosa, no me busca más que lo necesario, se mueve con espontaneidad y gracia por todas partes, salvo cuando invito a alguna persona, entonces se queda bajo la alacena esperando que no la acaricien o llamen. Después se recuesta en mi vientre, ronronea hasta que las dos nos quedamos dormidas. 


Dejé encendida la radio mientras guardaba todo. Trueno sigue ladrando y aullando para recuperar su libertad, tras sus quejidos escucho a Javier Solís: Ver cómo se burlan/ Si hablas del amor/ Del amor/ He sabido que te amaba/ Pero es tarde/ Para que me vuelva atrás/ Quise ser indiferente un instante/ Pero sé que no podré dejar de amarte. Trueno vuelve a ladrar. Sabe que no volveremos a vernos, e incluso si pasa, ya no será el recuerdo de mamá, del que pude apropiarme, sino la mascota de alguien más. Tomo la correa, pero ni él ni yo sabemos usarla. ¡Vamos! digo temblorosa, apenas ve el patio corre frenético, olisquea la granada que ha crecido mucho, se tumba a su sombra, me muestra la panza para que lo acaricie.


Entiende, le suplico sollozando, Cascabel me espera dormida bajo la ventana. 

  

Iván

 


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